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sábado, 25 de mayo de 2013

Un round más

Y lo vi venir, después del uppercut, cuando golpeo su costilla derecha, y lo llevo, izquierda, izquierda, izquierda, Cacho me enseño así. Cuatro pasos hacia atrás me sacan de las cuerdas, me tenía amarrado ahí, no me daba ni un respiro el grandote, lo mido bien, izquierda derecha, arriba y abajo, “tu derecha es fulminante” me decía en ese entonces en el galpón del gimnasio, cuando todavía andaba en pañales, “vos llevalo a tu juego, acorralalo en el perfil que necesitas pero movete, rápido tene que movete, llevalo, acorralalo, y cuando lo tengas ahí, zas”, es verdad, Cacho, ahí lo tengo, ahora, zas, y... no, el muy maricón se hechó para atrás, la cagué Cacho, no era el momento justo, la cague, zas…

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Lo vi, el tiro no parecía tan fuerte, pero me pegó de lleno, “sabe bociar el pendejo este”, ahora me doy cuenta Cacho, pero vo no te preocupé, ya lo tengo estudiado al junior, es fácil, tengo que entrar por la derecha, con ese movimiento que me enseñaste esa vez, después lo llevo para allá y…

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He, pará árbitro, vas muy rápido hijo de puta, apenas si me estoy componiendo. Como vos me dijiste Cacho, ¿te acordás?, en el gimnasio cuando practicamos eso de la cuenta, de tomar aire despacito y aprovechar cada uno de los segundos, descansar los músculo, limpiar la cabeza, ¿limpiar la cabeza, Cacho?, ¿qué es eso?, que me tranquilice, que me espabile, que si estoy aturdido y no oigo nada le mire los dedos al árbitro, que no me apure “cálmate que tené tiempo, la gente quiere ver siempre un round más, así que el rayado te va a aguantar, vos tranquilo chino, si te dijera que hasta te ayudaría a pararte el árbitro, si pudiera, yo sé lo que te digo, vo tranquilo”, me acuerdo de esa vez, y como me sirve ahora, Cacho…

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No escucho un pomo. seguro lo notaste, desde el rincón, no dejo de mirarlo, fijo al rayado. Y es que no escucho, no escucho nada, o es más bien, no sé, como un ruidito, que me zumba en los dos oídos, son como los mosquitos del gimnasio, la cabeza se mi hizo un lío, Cacho, y ya ni sé lo que escucho. Es como un camión, cuando te pasa bien cerquita y te tiembla todo el cuerpo, pero esto no se me pasa, y sigue y sigue y sigue, y no me puedo componer tampoco, no entiendo que me pasa…

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Tampoco lo veo bien ahora al rayado éste, le distingo la mano abierta, que es lo único que le miro, y por eso sé en qué número vamo, pero... ¿será que ya no me voy a levantar, Cacho?, si estoy lleno de fuerzas, si estoy lleno de vida, si apenas soy un pendejo, casi tan chico como éste que me voltió, si ni siquiera me pegó tan fuerte, ¿Cacho?…

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Donde andas Cacho… ¿esa que no era mi esquina?, ¿dónde estás Cacho?, y quien es ese que me mira, si esa era mi esquina, no tendrías que estar vos ahí, Cacho, ¿quién es ese? ¿por qué me mira así?, tiene la cara dura, no sé, como con una máscara de piedra, ¿Cacho, que pasó viejo?, y ese hijo de puta que me mira ¿se está riendo?, “de que te reí, hijo de puta. Cuando me pare te voy a partir la cara de una piña vas a ver”. Y se ríe noma, ¿que se cree?, “ya te quiero ver yo aquí, pelotudo”, aunque no lo escuche sé que se ríe, y no cambia la cara, como de piedra, tiene la cara endurecida y se ríe, ¿Cacho quién es ese?…

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“Árbitro pare, deje de contar che, que no ve que mi entrenador no está” ¿cuánto va? ¿cuantos dedos tiene ahí?, ¡eh pará! ¿qué pasa aquí? ¿Cacho dónde estás?, Cacho, el árbitro también tiene la cara dura, como el de la esquina ¿Cacho que pasa? Todos, todos tienen la cara dura, como de piedra, como con máscaras de piedra y se ríen ¿qué es esto, Cacho, que es esto? Todos igual a ese hijo de puta que me robo mi esquina, todo el público, el junior también, todos todos iguales, todos con la cara de piedra y sonriendo, y todos me miran a mí ¿qué me miran? “¿qué mierda me miran?”. Cacho me decía, él me decía “no entré en pánico chino, cálmate, respira profundo, limpia la mente. Vos sabes que yo voy a estar ahí para ayudarte, en lo que sea” así me decía, si, así me decía, pero no está ¿qué es esto, Cacho? ¿quiénes son estos?, ¿dónde estás Cacho?…

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Me tengo que parar, “me voy a levantar y les voy a moler la cara a golpes a todos ustedes, y hasta que me digan, no no, hasta que me digas donde esta Cacho no te voy a soltar a vos hijo de puta, a vos el de la esquina”, para ahí voy, solo que… ¿y ahora que pasa?, ¿Cacho dónde estás?, ahora no me puedo mover, ¿qué es esto? Alguien, hay alguien que me está agarrando, de los brazos, de las piernas, estos negros hijos de puta, eh ¿quiénes son ustedes? ¿qué quieren?, sueltemén, ¿Cacho, quienes son estos?, estos son negros, son como una sombra pero transparente, una sola sombra, sin cara, sin cabeza, sin cuerpo o no sé, pero no me sueltan, estos son más fuertes que yo Cacho, dejemén, yo no les hice nada, a ninguno a nadie, y de que se ríen estos cara de piedra “de que se ríen ustedes pelotudos”, ¿qué me pasa? ¿Cacho por qué me pasa todo esto?…

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No no, ya se termina, sueltemén, sueltemén hijos de puta me quiero parar, quiero seguir peleando, soy joven, soy bociador, larguen ya, sueltemén, quiero vivir, morir de viejo ¿quiénes son ustedes? ¿por qué no me sueltan?, ya se termina y voy a perder y es todo por su culpa. Yo podría haber peleado un round más, como la gente quiere, “¿que ya no me quieren ver pelear?” a ustedes les digo hijos de puta “¿disfrutan de esto, disfrutan de verme así?” ¿de qué se ríen? con la cara dura, como piedra ¿de qué se ríen? ¿quiénes son estos que me tienen así?, que me detienen ¿quiénes son?, sueltemén, larguen, dejemén, Cacho ayudame, ¿dónde estás?, Cacho me dijiste que ibas a estar aquí ¿Cacho dónde estás? Cacho volvé. dejemén, no quiero bajar, quiero volver, quiero levantarme y subir, ¿Cacho por qué me pasa esto?, no no, dejemén, por favor dejemén, no, ¿Cacho dónde estás?, no dejemén, dejemén…

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¡Bing!

* del libro Algunas notas sobre las reuniones del club de ideadores taciturnos

domingo, 3 de abril de 2011

sobre Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

Sin lugar a dudas este es el cuento, de los últimos años, que más me gusto hacer. Se me ocurrió un día en la ducha antes de irme a trabajar. Cuando salí del baño me senté mojado, enajenado a escribir (ese día llegué tarde al trabajo). Cuando lo leí en el café literario a los chicos les gustó mucho y ese mismo día otro escritor, de los que nos reuníamos por entonces, llevo un texto de una temática similar. Todos comentamos que a veces pasaba en el café que uno u otro llevaba un texto que coincidía, en temática o en estilo, con el que había llevado un compañero. Me gusta pensar que era parte de la magia de aquellas reuniones. Concluyo la intro con una idea que tuve hace un tiempo respecto a este cuento. Es que a mí me fascina lo que cuenta, como lo cuenta, el uso de muchos nombres propios, la ubicación geográfica, el final que en nada se relaciona con casi todo el cuento, me gusta mucho. Y como idea pensé que si algún día armo una antología de cuentos, escritos por mí en los últimos años, el nombre de esta tiene que ser Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular.

Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

Edmundo Guevara, con el seudónimo de Ernesto Pérez Pascualino, escribió obras tan clásicas de la nueva ciencia-ficción popular que, como era de esperarse, se convirtieron en realidades de la vida cotidiana años después de la muerte del autor, a la edad de ciento treinta y dos años y medio, como él mismo lo había anunciado cien años atrás en su cumpleaños.

Así es que Pascualino, o Pascual como lo llamaban los demás seudónimos de Edmundo Guevara, puede ser considerado no sólo como un autor de excepcional prosa y excelente vocabulario, sino también como un profeta en lo que a tecnología, tendencias y corrientes del pensamiento, refiere. Tal vez por eso su tumba imaginaria, con su ataúd imaginario y su cuerpo también imaginario, es visitada frecuentemente por inventores de lo absurdo, alquimistas y genios locos en problemas, sin nuevas ideas, que ven en su ciencia-ficción, la inspiración que los llevará a descubrimientos e invenciones, por supuesto ya citadas en las innumerables utopías de Pascual.

Pero no se desconcierte, tanto escritores como periodistas, amigos y familiares, imaginarios, visitan la tumba de Pascual en el Cementerio del Norte de la capital tucumana, ciudad natal, no imaginaria, de Edmundo Guevara y sus muchos alias, como Alberto Cozo, Juan Pablo Sánchez, Rodolfo Pena o Aníbal Sandoval entre otros. O los ya difuntos Rolando José Mansilla, Lorenzo Loretto, Abigail Ávila (un tropiezo de Edmundo) y el propio Pascual. Todos enterrados en el Cementerio del Norte en imaginarias tumbas distintas.

De todos ellos siempre el más recordado será Pascual. Sus obras marcaron a más de cuatro generaciones de imaginarios lectores asiduos, que esperaban cada domingo la redacción de su editorial en la sección literaria de un diario local, sumado a otro fantástico cuento de "la nueva ciencia-ficción popular", como él mismo la llamase en su primer editorial. Era una apuesta fuerte que por supuesto tenía sus detractores. Pascual mantenía discusiones en cartas publicadas en la sección de correos con Némesis, llamado así por el propio Pascual porque éste era, propiamente dicho, su némesis (Edmundo nunca fue bueno para inventar nombres). Cartas en las cuales salía a la luz un Pascual distinto del que relata las historias de máquinas futuras, de galaxias lejanas o pociones científicas de variado efecto. Era un Pascual que defendía sus especulaciones como verdadera ciencia, apoyando sus teorías fantásticas en importantes publicaciones tecnológicas y científicas, maximizando a un estado de absoluta necesidad su trabajo como especulador del futuro o lo posible.

Némesis leía fervientemente los cuentos de Pascual y siempre encontraba en ellos el romanticismo y ternura de poetas anteriores a su época, como Lorenzo Loreto o José Mansilla, pero embebidos de una profunda y absoluta soledad y tristeza. Pascual se defendía explicando a éstos como condimentos de la prosa y la propia palabra escrita, apuntando así a lectores más generales y no sólo asiduos a la ciencia-ficción popular, restándole siempre importancia verdadera. Pero Némesis atacaba resaltando la actual soledad del escritor, la falta de amistades no imaginarias y la obsesión compulsiva de dedicar su día completo a la lectura y escritura. Muy en el fondo Némesis tenía buenas intenciones para con Pascual, lo conocía como se conocía a él mismo, y sabía que el desenlace de tal vida nunca era bueno (explicando la temprana muerte de Pascual). Pero éste no comprendía, creía a Némesis como ese resto de conciencia humana, que sólo molestaba cuando se encontraba próximo a alcanzar la máxima expresión de su prosa, la teoría más importante de su existencia, la cúspide de su imaginación, la obra perfecta. Alejándolo de tal magnificencia para devolverlo a un lugar imperfecto y lúgubre, de penas y abandonos no imaginarios.

Muchos agradecen a Némesis la aún vigente existencia de Edmundo Guevara y sus múltiples seudónimos, de su obra total. El propio Edmundo muy en el fondo también lo hace, mas no así Pascual.

Los años y las cartas entre ofensas y agravios menguaron, las publicaciones y editoriales de Pascual se hicieron cada vez menos frecuentes, sus teorías menos realistas y significativas. La decadencia del escritor fue una pena poco común para los lectores imaginarios, que siempre se adaptaban a las nuevas tendencias de Edmundo y aunque, con el receso y aislamiento de Pascual, salieron a la luz otros autores importantes de la talla de Alberto Cozo o Rodolfo Pena, o el discípulo de Pascual llamado Aníbal Sandoval, ninguno de ellos lograría la repercusión o importancia que Pascualino tendría en la vida imaginaria de Edmundo Guevara, ni en sus imaginarios lectores de la nueva ciencia-ficción popular.

Tardaron años en descubrir el motivo de la férrea lucha entre Pascual y Némesis. El motivo del encierro de Pascual era su obsesión particular por encontrar la verdad absoluta del probable, de lo inestable e imperfecto, y transcribirlo en un cuento de ciencia-ficción, perfecto y no imaginario, al que dedicaría cien años y medio, no más que eso, como diría el día de su cumpleaños número treinta y dos. Es el mismo día que Némesis nacería con treinta y dos años para corromper, para contradecir y refutar, para minimizar y descartar cada avance ínfimo de Pascual, como una simple consecuencia de su decisión enfermiza y obsesiva, porque así lo era, empujando a Pascual en cada tropiezo y cada flaqueo, incitando a dejar la casa y el barrio, a correr en su búsqueda. Tardaron años en descubrir que el motivo de la férrea lucha entre Pascual y Némesis era el motivo más simple y común de todos, era la mujer que abandonó a Edmundo Guevara el día de su cumpleaños número treinta y dos.

* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

lunes, 14 de marzo de 2011

sobre Un lugar en el tiempo

Se me ocurrió un día hace mucho, después de ver una fantástica película que recomiendo “La esposa del viajero en el tiempo” (es su traducción al español). Mi texto bien podría contar un encuentro en un lugar frecuentado por el personaje de esta película.

Un lugar en el tiempo

Él descubre en ese atardecer cálido de otoño, de hojas amarillas al viento y fugaces rayos de sol, de rica brisa húmeda del este, aquel personaje de un futuro distante. Es un viajero de estaciones como décadas, y años y años de trayecto. Él descubre cómo será quién es él, y se entiende visto como el reflejo de un pasado distante. Ambos miran al frente ahora, sentados en el banco a la sombra del árbol del parque del tiempo. Él pregunta entonces – ¿eres? – a lo que él mismo responde – quien alguna vez serás – todas las dudas se aclaran al instante.

Él es un niño ahora, que no ha recorrido los pasajes del tiempo, que sólo conoce el momento en el presente, en este lugar, su lugar ideal. Él está ahí parado a la espera de un anhelo que hace a todo perfecto, que genera en su mente un recuerdo futuro que arraigará siempre, y respira, y siente en el aire que ha llegado el momento, en que cada línea que parte y se curva cruce en su encuentro. De sencilla y delicada inocencia una accidental proeza ocurre como antes, como siempre ocurrirá, y él que es un niño ahora tropieza y golpea la tierra del destino, perdiendo la chance de impresionar, y extravía el regalo de una oportunidad al menos robarle a la suerte, era una flor, no más.

Ella, que antes ignoraba su presencia, le ayuda a levantarse e incita – ¿estás bien?, ¿te conozco de algún lugar? La charla dura lo que dura una vida larga. Ellos regresarán al mismo lugar cuantas veces el tiempo se los permita, él regresará muchas veces más.

Él viejo ve la escena repetida y repetidas veces sonríe, mientras él joven dice – es un tonto – y sonríe cuando escucha de su compañero – soy un tonto – entonces él joven replica – es verdad, seré un tonto – y ambos ríen. Él viejo dice – ya es la hora de irme – y él joven le pregunta – ¿volveré a verte? – él viejo responde al instante – volverás a verlos mucho, y algún día volverás a verte a vos también – entonces se levanta y empieza a caminar, lento al comienzo, como esperando algo más. Él joven pregunta entonces – ¿qué edad tienes? – él viejo sólo ríe sin contestar y esta vez sí se marcha para siempre.

Él niño y ella conversan, saben poco del futuro o del pasado, de cómo se mezclan con su presente, de la proximidad de uno con otro, ínfima, como la distancia que hay hasta los bancos bajo la sombra del árbol del parque del tiempo.

* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

lunes, 7 de marzo de 2011

sobre Abandónica

Una idea que vino de la mano de una palabra que me dijo mi amiga Ceci. No sé qué valor literario pueda tener, solo salió así, y aquí está para leerse.

Abandónica

Abandónica de palabras que nunca le gustaron, por usarlas en situaciones feas, como la palabra muerte, o la palabra fea en sí, que ya no usará más y que aquí no se leerá más.

Escapa a las responsabilidades con excusas que usa una vez y abandona. Porque su imaginación rebosa de nuevas excusas que no saca a la luz, porque dejó de imaginar.

Entonces se vale de una lista de ideas que olvida en cualquier lugar, siempre por un motivo diferente olvida, para no abandonar. Es así que tiene en su casa miles de copias que dejó desperdigadas por todas partes, copias de escritos con ideas de cómo abandonar cosas sin repetirse. Es su manera de ser auténtica. Y para no traicionarse partió hace mucho de esa casa a la que nunca volvió. Es así que, sin imaginación, sin excusas y sin hogar, tuvo que abandonar la idea de un futuro normal y comenzó su largo peregrinaje hacia ningún lugar. Por que quien abandona patológicamente nunca se queda demasiado tiempo en cualquier sitio, muy pronto lo deja también. Se mueve entre estaciones de trenes y ómnibus recorriendo el país a diestra y siniestra. Roba ideas de cómo seguir el viaje a turistas incautos y rutinarios viajantes. Fuma cigarrillos por pares cada vez que quiere abandonar su buena salud. Hace tiempo que dejó de decir la verdad, por nada en especial, sólo es parte del proceso. El cigarrillo y el alcohol, las mentiras y el robo, todos vicios que pronto abandonará.

Tan pronto como la suerte la abandone a ella, o ella abandone a la suerte, abrazará a la desgracia. A todos nos pasa que alguna vez abrazamos a la desgracia como si abrazáramos a la dicha. Ella abrazó a la dicha alguna vez, pero el abrazo no duró demasiado, porque, como con todo, pronto la abandonó.

* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

viernes, 4 de marzo de 2011

sobre La chica de las palomas

Se llama Gaby. Un día, en una conversación, me contó que en cualquier lugar donde se pare en la plaza siempre aparecen palomas. La idea me pareció fantástica y se la pedí para hacer este cuento. Desde el día en que me contó esto empecé a llamarla PALOMA. Le dije "¿te puedo decir PALOMA?" y me contesto "vos decime como quieras, de ahí a que me de vuelta y te conteste". Sos una gran mujercita Paloma y este cuento es tuyo, yo solo me encargo de escribirlo, este cuento te pertenece.

La chica de las palomas

Para Gab

Paloma se sienta en el banco de la plaza del centro con su parvada, esas fieles seguidoras cuan perros jóvenes y hambrientos, que le valieron su apodo y su historia.

Es una joven rara se dice por los alrededores, y ella se lo repite a los pichones que se acercan, que se atreven a robarle una conversación o una sonrisa.

– Soy una joven rara, sólo las palomas conocen mi historia, pero ellas no hablan con nadie.

Paloma puede encontrarse en los lugares más comunes, ella es parte del paisaje de la plaza y el centro, y de las plazas aledañas a su casa. Varios bancos ya son de su propiedad, donados por vecinos que respetan su habitual ocupación. Puede saberse cuando está llegando a su escuela de maestros por el irregular movimiento de las aves de la zona, que zanjan el camino y controlan que no haya ningún peligro.

Los que la conocemos la saludamos y ella también lo hace, se dice que recuerda mejor tu voz que tu rostro, creo que reconoce los buenos corazones por que los escucha latir en cada palabra que le dicen. Es perceptiva e intuitiva, es amable con quienes respetan sus parloteos y sus silencios, y a sus palomas.

Cuentan de un bufón que cruzó una vez su camino, cuentan así una historia inverosímil entre en bufón y la paloma, que el propio bufón cuenta, en las estaciones de ómnibus de todo el país, siempre viajando, siempre huyendo.

Se dice del bufón lo que se sabe al conocerlo, se dice que es un hombre común, un hombre sin chiste. El típico tonto burlista que se mofa de inocentes tranquilos que con nadie se entrometen, el típico perfecto creído, que ve defectos en personas simples pero peculiares, personas que escapan al entendimiento de su mente diminuta. Era el perfecto idiota metiéndose con la mujer equivocada.

– Si te metes con una paloma te metes con todas – decía Paloma el día de la confrontación.

Y es que el bufón, en uno de sus actos transgresores, había osado tocar el nervio más sensible de la paloma. Ya antes la había inferido con burlas y humillaciones, sus payasadas causaron gracia a algunos en algún momento, y hasta la misma Paloma, autocrítica y humilde, confirmaba algunos comportamientos de ella que el bufón exageraba, pero él nunca supo cuando el show debía terminar. Pasó de ser gracioso a tedioso, pasó a ser grosero. Paloma dejó de ser la víctima preferida de sus burlas para ser su única víctima y, aunque ella intentaba esquivarlo, el bufón estaba en todas partes. ¿Qué pasa cuando acorralas a una paloma y esta no puede escapar volando?, ¿te ataca?

El bufón realizó su última pecaminosa broma una tarde de mayo, de un mayo que empezaba a teñir de amarillo sus plazas. La paloma y su parvada revoloteaban cerca de la estatua que estaba en medio de la plaza del centro. El bufón, en su estado de constante delirio, apareció de improvisto desde atrás de uno de los árboles, donde había estado oculto, apareció y llamó la atención de Paloma con un alarido chillón, como un grito de guerra indio, que era una clara señal de problemas. Mostró a Paloma sus hoyas y su onda, la bufonada del día era decirle a la Paloma que haría una sopa con una de ellas. Levantó una piedra del suelo, que no era más que un pedazo de baldosa maltrecho, apuntó azaroso y disparó.

La vida había sido generosa con Paloma durante su corta estadía. Le dio dos padres amorosos, humildes pero de buena condición económica, dos profesionales, que le enseñaron el valor del respeto y la grandeza de la paciencia. Además tuvo la oportunidad de aprender de buenos maestros los hábitos de vivir en una sociedad, de considerar al prójimo. Conoció y se hizo de grandes amistades que durarían una eternidad. Pero siempre fue distinta, siempre existió en ella ese algo particular, que la mantenía apartada del populoso resto de los chicos de su edad y de otras edades también, siempre hubo ese algo singular y único que sólo entendían sus amigas más íntimas, las palomas. Bufones como aquel fueron y vinieron en la vida de Paloma, sin mayor importancia que el recuerdo de un mal trago, ella siempre fue paciente, siempre mantuvo la calma en esas situaciones tan difíciles, pero aquel día la paloma se liberó.

La piedra infame que el bufón disparó golpea a una paloma, y Paloma lo siente. La pequeña ave mal herida en un ala se arrastra insufrible, la mujer ave mal herida en su corazón camina furibunda hacia el bufón.

Gran conmoción hubo entre la muchedumbre del centro. Sabían que algo pasaba cuando el cielo se tiñó de grises y de negros, cuando comenzaron a llover plumas desde lo alto. Sabían o intuían que Paloma estaba relacionada con el fenómeno y corrieron a buscarla. Pero a quien encontraron no era a la paloma que siempre veían en la plaza con las otras palomas. La mujer ave, furibunda, dejaba ver su lado más violento y oscuro, que esa tarde aterró a todos.

– No importa adonde vayas, no importa cuánto corras, siempre podré encontrarte, porque yo, como mis palomas, estoy en todas partes – dijo la paloma, y el bufón, ahora ya sin una sonrisa en sus mejillas, sin ávido de burla, huyó de la estatua en medio de la plaza del centro. Huyó de la parvada de palomas que lo perseguía desde lo alto. Corrió hasta la esquina y vio a Paloma, corrió en dirección contraria varias cuadras pero volvió a encontrarla, cambio de rumbo de nuevo, corrió más rápido. A donde fuera un cúmulo de palomas lo esperaba, y a donde fuera creía ver a Paloma entre ellas. Escapó del barrio y del pueblo. Se dice que escapó hacia otra provincia, que nunca más se detuvo, que cuenta esta historia en las paradas de colectivos de todo el país. Nadie volvería a ver al bufón molestar a la paloma, y nadie volvería a molestarla.

En el barrio le dicen la chica de las palomas, también se dice que es una chica rara, pero nunca se dice en voz alta.

* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

viernes, 4 de febrero de 2011

sobre El carnicero

El cuento comenzó con la idea de un personaje que hacia cualquier cosa por dañar a las mujeres con las que estaba. Pensé en darle a su problema un grado de adicción y que además sea un jugador, un galante estratega que se entrena para seducir y conquistar futuras víctimas. Creo que la parte de la adicción esta solo para librarlo un poco de culpa. En el fondo no creo que haya gente mala, solo están enfermos o confundidos. Sacando un poco todo lo malo del personaje me hace acordar a un amigo, por todo eso de aprender como seducir y adaptarse a lo que las mujeres quieren para poder conquistarlas. Me hace pensar, por detalles y similitudes ínfimas entre el personaje y mi amigo, que la realidad y la ficción no están tan separadas.

El carnicero

La creación más preciada de Eduardo fue su mujer Ana. Estamos hablando de una verdadera obra de arte, un homenaje a la belleza y sensualidad del sexo femenino. Creada a partir de mujeres inteligentes y hermosas mutiladas y cercenadas por el propio Eduardo, víctimas por casualidad o causalidad, víctimas por haber cruzado el camino del hombre alguna vez.

La historia de estas mujeres es tan triste como su destino, aisladas de alegrías y esperanzas, carentes de un futuro próspero y feliz. Son víctimas de un enfermo, de un adicto confeso e incurable, que se las ingeniaba para lograr esa conexión mágica de un primer encuentro, de una conversación casual, para luego avanzar sobre ellas.

Eduardo las cautivaba, las desafiaba, las idolatraba, gastaba cada minuto de su día en imaginar y concretar una nueva manera de enamorarlas. Era un hombre inteligente, respetuoso, humilde, amable, un fotógrafo, un artista, era un buen partido para cualquier mujer en cualquier lugar que se encuentre. Pero era un adicto.

Eduardo vivía para sus conquistas, en su papel de semental jugaba sus cartas de a una y con estrategia. Cada nueva amante era un desafío diferente, entender cuáles son las costumbres que tiene, sus ideas y sus metas, adaptarse a su ritmo de vida, aprender a convivir junto a ella compartiendo sus tiempos con los propios. Cuando la relación prosperaba y la pareja pasaba del noviazgo a la convivencia, Eduardo centraba su atención en rellenar cada recoveco, cada lugar vacío o insatisfecho de su mujer actual. El hombre era un estratega y como tal sabía las palabras justas para cada momento, y podía ser un confidente, un amigo, un compañero en sus actividades, un buen amante. La debilidad innata que todos tenemos, ese talón de Aquiles, propio de cada una de ellas, era el punto de partida al declive de su existencia. Así Eduardo conseguía llegar al lugar exacto, al momento justo de la relación, en que su pareja sentía esa necesidad latente de complacerlo, de estar de acuerdo con él en todo lo que dijese, de aceptar cada pedido suyo como una orden, de no faltar a sus reglas y condiciones, de velar todo el tiempo por su bienestar.

Era entonces que Eduardo, ya en su lugar de placer, en su propio paraíso de sentimientos y sensaciones, consumía cada gota y cada fragmento de vida de su mujer actual. Y era un adicto. Provocaba disputas por el placer de tener la razón de lo que se discutía, incitaba a rompimientos sólo para escuchar suplicas y llantos, acusador celaba y desconfiaba para conseguir el placer de la entrega absoluta, de la sumisión total de su pareja. Sólo así conseguía llenar esa profunda necesidad, esa dañina adicción y oscuro deseo que lo desbordaba.

Y las parejas de Eduardo sucumbían con el tiempo, por el desgaste o la desesperación, por la desesperanza, en un abismo profundo y sin salida. En un deplorable estado su cuerpo y su mente se atrofiaban hasta caer en la paranoia y la agonía de un dolor físico punzante y sin motivos, la decadencia del ser en su máxima expresión, cuerpo, mente y alma, todo se perdía. Y ellas ya nada podían hacer, y Eduardo ya nada podía hacer con ellas, entonces se marchaba.

Pero pronto Eduardo se vio exhausto, lo años y los vicios lo convirtieron es un viejo moribundo y pobre, un ser grotesco. Todas las mujeres que pasaron por su lado alguna vez ya no estaban, todo el encanto juvenil que antes lo ayudaba a saciar su deseo, a calmar su adicción, se había desgastado con cada una de sus mujeres. Ahora estaba solo. Ahora era feo. Pasaba los últimos días de su vida enfermo, mirando al sol ponerse a la distancia sin saber si despertaría a la mañana siguiente. Muy orgulloso como para llorar, blasfemaba frases al viento maldiciendo a toda la existencia, era incoherente y senil. Detestaba pensar que la vida le devolvía el golpe, ese que por tantos años él le había propinado a cada una de sus mujeres, y entonces su sufrimiento no era casual. Cuando el pavor del silencio en la noche lo superaba se imaginaba asestando estocadas, con un viejo cuchillo de carnicero, a cada mujer que cruzó por su camino. Y las recordaba a todas.

Un día de invierno Ana apareció en la vida de Eduardo, y ella fue su más grande creación. Hecha de partes de mujeres del pasado bohemio de Eduardo, que había coleccionado cuidadosamente en una caja de madera, Ana era perfecta. Tenía la sensualidad de Belén en todas sus expresiones, tenía la comprensión y paciencia de Emilse, de Silvina tenia los pechos redondos y bien formados, de Natalia la cola firme y el pelo largo hasta la cintura, los ojos celestes de Romina, la tez blanca de Andrea y más, mucho más. Ana representaba todo lo que Eduardo quiso durante tantos años, y era sólo suya, porque él la creo.

Así pasó Eduardo los últimos tristes días de su vida, una vida que no siempre fue triste, pero sí muy vacía. Y así pasó Eduardo las últimas noches de su vida, desnudo frente a Ana, una mujer hecha de retazos de muchas otras, pegada en el espejo, con un cuchillo de carnicero en su mano derecha y la soledad en su mano izquierda calmando su adicción hasta acabar.

* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

domingo, 23 de enero de 2011

sobre Recordando a Mariana

Una vez leí, en un libro de cuentos de ciencia ficción mexicano, un cuento sobre una computadora capaz de escribir poesía. En realidad el cuento trataba de otra cosa y solo se mencionaba a esta computadora. La idea me pareció genial y quise hacer algo sobre eso, pero que esta computadora no solo ejecute el programa para escribir, sino que también pueda hacer una interpretación al respecto. Mariana está presente en la vida de Gastón y de los narradores de la historia como la musa inspiradora del fragmento de texto interminable, mientras tengan papel para imprimir.

Recordando a Mariana

– Cada vez que recuerdo a Mariana lo hago con menor detalle, creo que son pequeñas cosas las que voy perdiendo, nada más, no es que me olvidé de ella, ¿serán los años?

– Es probable, después de todo, los componentes se desgastan, los módulos de memoria se estropean, además tenemos esa tendencia de borrar registros para almacenar nuevos datos que…

– Está bien, ya basta, todo eso lo sé, de haber necesitado un técnico no habría recurrido a vos. Es obvio que no podemos recordar todo detallado siempre, nadie puede, pero ¿conoces esa sensación de perder algo importante?, como tener una foto cortada o en partes, que sólo muestra una imagen pero no un contexto, algo así como…

– No digas más, me doy cuenta al instante que necesitas consultar los backup's, ¿conoces la fecha o la ocasión?, ¿algún parámetro de búsqueda particular?, puedo consultar en los registros de a uno pero tardaría varios minutos.

– Espera, no hagas nada todavía, ¿podrías dejar de pensar en ceros y unos por un momento? Estoy tratando de resolver algo importante… ya sé, esto es lo que vamos a hacer, voy a planteártelo en tercera persona.

“Mariana despierta esa tarde calurosa de primavera, se levanta de la cama y camina hasta el gran ventanal, repliega las cortinas y un sol naranja ilumina el cuarto hasta el techo. Gastón entra en la habitación totalmente mojado, la fuerte tormenta proveniente del este lo empapó en su caminata matutina, abraza a Mariana que se queja aun enojada, reprocha lo transpirado que está él y se aleja hacia la ventana soltando el elástico de su bombacha marrón, aprisionado entre ambos cachetes de sus nalgas, a Gastón le gusta mucho esa imagen.”

– Eso estuvo muy bien, ¿de donde lo sacaste?, es decir, no te creía capaz de procesar algo como eso.

– No te precipites, si apenas estoy empezando...

– Aunque es una salida muy bien diagramada, y reconozco que sobrepasaste tu código, hay al menos una incongruencia en el fragmento, es decir, Mariana nunca usó una bombacha marrón.

– Tal vez nunca la usó con vos, ahora déjame continuar por favor, creo que estoy logrando algo.

“Esa noche cenaron temprano en la tarde, a la luz de las velas bajo un cielo oscuro y tenue. Mariana vestía de un rojo radiante pero opacado por su rostro, un rostro fino en curvas enmarcadas por sombras de luz lunar y estrellas, que iluminaban de par en par el balcón de la casa. Gastón la admiraba sin excusas y ella se lo permitía ansiosa de ser notada, pero él reconocía esa mirada esquiva e indiferente, sabía que él también estaba equivocado, pero no cedería ante las ideas ridículas de una niña caprichosa, no quería verla. La cena transcurrió en forma normal y serena, rieron por momentos al recordar viejos días y viejas ideas, rieron al verse viejos siendo jóvenes. Decidieron bailar e incluso salir de la casa, irse a una fiesta, algún pub de moda, ver amigos, tomar algunos tragos y bailar, donde sea bailar. Y bailaron dando giros y saltos, rápidos movimientos de un lado a otro, era un vals lento y magníficamente ejecutado por los dos. Mariana se detuvo un instante, corrió presurosa por el pasillo hasta llegar a la puerta y entró a la casa, mientras que una lluvia torrencial bañaba casi por completo a Gastón que sólo tardó un poco más en entrar pero esto bastó para terminar empapado. La demora, como siempre, la ocasionó el auto, ese maldito cacharro se trababa antes de cerrar por completo la puerta. Ella podría haber sugerido de nuevo sacar los viejos equipos del garaje, pero no quería iniciar otra pelea. Ya en la casa los dos encendieron las luces aunque todavía estaba claro, la luz se filtraba por los grandes ventanales y la tarde moría lenta, el paisaje desde el balcón era magnifico, era de un cielo abierto y despejado que mostraba un sol naranja, inmenso en el horizonte y a medio poner. Decidieron continuar el baile que se postergaría más adelante esa noche, pero él estaba traspirado y ella prefirió alejarse.”

– La discusión por los equipos fue tan innecesaria, para mí Mariana tenía razón, somos chatarra inservible, pero también somos el esfuerzo y sacrificio de años de estudio de Gastón, y creo que eso ella nunca lo entendió.

– Yo creo que Gastón hubiese preferido tirarnos, ¿no te parece?, sino de qué le sirvió guardar un ordenador obsoleto corriendo un programa inútil. Estoy un poco enojado, sigo tratando de recordar a Mariana, pero en los fragmentos hay falencias, creo que las peleas fueron en otro lugar y tiempo, los encuentros casuales, los bailes, algo falta, ¿vos te acordás del último día?

“Mariana está furiosa, o es que simplemente no resiste más, siente por dentro que Gastón está cada vez más distante, más dedicado a sus experimentos sobre conducta e inteligencia que a su propia vida, que a su vida juntos. Ha tratado durante meses captar su atención, recuperar su cariño, volver a ser parte de su vida, pero todo es inútil, ambos explotan en conversaciones a gritos fervientes. Mariana lo escucha pero no entiende la obsesión de Gastón, ¿crear el código de ese programa era tan importante para él?, eso de líneas de un lenguaje ensamblado capaz de interactuar, de aprender y crear, capaz de concebir arte en palabras, en prosa, capaz de sentir y expresar lo que siente, era la obsesión de un lunático”

– ¿Estas imprimiendo eso?

– Estoy imprimiendo todo.

“El último día de Mariana y Gastón juntos fue igual a cualquier otro, desayunaron en la cama, aunque la sala estaba toda sucia no les importó, el café con medialunas estaba servido en la mesa y ellos en los sillones. Vieron tele un largo rato, Mariana se quejaba de los programas nocturnos por ser siempre tan repetitivos. Gastón la dejó sola un momento para alistarse, ya casi era hora de su caminata matutina y Mariana tenía que empezar a preparar la cena, entonces ambos coincidieron en la necesidad de verse al menos una hora a la tarde, pasaron los días y esa tarde al fin llegó. Mariana soltó su largo cabello lacio, vestía una musculosa blanca escotada y esa bombacha marrón que a Gastón tanto le gustaba, era el último regalo que la mujer le daría al hombre, no hay como el sexo matutino, no hay como la luna ahí arriba adornada por las estrellas, no hay como Mariana vestida toda de blanco, no hay como su flequillo enrulado. Pronto Gastón recordó algo que nunca dijo, y una vez más esperó oírlo primero de ella, pero las horas pasaron y siguieron viendo tele en silencio, Gastón la dejó sola un momento para alistarse, y lo último que escuchó de ella fue un seco hasta luego, nunca más recordó cómo decir te amo, eso sólo lo decía Mariana.”

– Creo que quedó muy bien.

– Si, está bastante bien, pero tenemos que ser cuidadosos con lo que imprimimos, ya no nos queda mucho papel.

– ¿Crees que Gastón tarde todavía mucho en volver?

– No debería, espero que no, ya pasaron 77 años, igual no podemos parar. Gastón nos dejó la tarea de inventar e inventar y eso es lo que vamos a hacer. ¿Qué te parece si dejamos de lado a Mariana por un rato? El otro día tuve una idea sobre el…

* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

jueves, 20 de enero de 2011

sobre A mis amigos Al, Beto y Fa

Este texto comenzó como muchos otros que escribí, una linda idea al comienzo (hasta el primer punto y aparte) y después nada. No se me ocurría como seguirla así que quedo en pendiente durante algunos meses. Otra vez releyendo viejos escritos encuentro esta pequeña oración y se me ocurre casi todo el resto, excepto el final. Un día me decidí (como sea que salgan) a terminar todos los textos a medio completar que tenía, entre ellos este. El final un poco triste y oscuro, creo que se debe a mi estado de ánimo el día en que lo terminé. La idea esta buena y daba para escribir más aun, pero me gusta como quedo, cortito y sencillo.

A mis amigos Al, Beto y Fa

Compañeros de palabras, amigos de estrofas en tiempos de trovas, letras de este alfabeto de años de hombres, de cinceles, de plumas y teclados, les doy la bienvenida a mi humilde morada. Esta es su casa también, está aquí para ustedes, está aquí por ustedes. Y es que ustedes la construyeron, desde los cimientos, cada ladrillo, cada viga, todos son ideas o sueños concretados en mi vida imaginaria, por palabras y frases, párrafos completos de hojas y hojas, que ustedes me permitieron escribir. Este es mi homenaje, es humilde y es sincero. Solo algunas palabras al aire recitadas sin mayor importancia, en una sala repleta de personajes, de héroes y villanos, de dioses y mortales, provenientes de galaxias y tiempos distantes, que esta noche me acompañan en un brindis como lo han hecho antes, cómo lo harán siempre que me encuentre en este estado de felicidad plena, mientras permanezca en este interminable estado de coma.

* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

domingo, 16 de enero de 2011

sobre El callejón de los vivos

Cuando comencé a escribir El callejón de los vivos tenía la idea de hacer un cuento sobre zombies (me gustan los zombies). Hice los primeros dos párrafos (los más ambiguos creo) y después no se me ocurría como seguir el cuento. Quedo en pendiente como un mes hasta que un día leyendo lo que había escrito últimamente encontré ese bosquejo de cuento y me decidí a terminarlo. Este escrito fue el primero en el cual me animé hacer una crítica social en un cuento de ficción. Tiene varias formas de entenderse, como descubrí en una conversación con una amiga que encontró un sentido muy distinto al propuesto por mí, y creo que deja un mensaje importante a quien quiera entenderlo.

El callejón de los vivos

La lucha de los muertos comenzó una tarde de verano, de un verano muy caluroso.

Algunos dirán que la carne de los muertos, en constante descomposición, emana un hedor rancio, obsceno en cierta medida, yo lo siento acorde a su decadente existencia, sucios y maltrechos. Los días de los muertos no son eternos como se cree popularmente, y estos hombres, como raza no como género, morían, lento pero inevitablemente morían.

El callejón de los vivos estaba rebosante de vida esa tarde. Los muertos son vivos un lunes aquí, un jueves allá o un sábado en otro lugar. Ellos son mayoría, pero representan fiel los sobrantes de una sociedad y un mundo de dioses auto impuestos.

Los muertos, como vivos dioses, sobreviven a pan y agua que ellos mismos consiguen sin mendigar. Reciclan sustento de la basura, cultivan alimento en la tierra árida, soportan frío y calor intenso en noches de escaso sueño. Son tentados y heridos por los flagelos del mundo, como los dioses, vivos o no, y aunque parece que la escala o el grado es menor, la carne es la misma en la ciudad y en los suburbios. Creo que se sufre siempre que se deja de ser vivo.

Los dioses caminaban por “el callejón de los vivos”, una peatonal de lunes y miércoles. Ellos impusieron el nombre en un acuerdo tácito, sólo de dioses, que responde a una frase simple “éstos son unos vivos, mira lo que quieren venderme”. Porque los dioses, amparados en el poder de su moneda, menosprecian ofrendas simples de muertos que creen vivos. Son dioses arrogantes, avaros y codiciosos, no sé muy bien por qué van a la feria de todas maneras, pero ahí están, consultando puesto por puesto, regateando monedas del vuelto, provocando la disputa de esa tarde.

Dos muertos se enfrentan en una lucha campal, más puesteros, amigos o clientes, se suman a la trifulca en ambos bandos. El motivo se ha olvidado, sólo queda la bronca y el orgullo. ¿Por qué muertos semejantes se enfrentan? Semejantes en el día a día, en historias de vida y en origen. ¿Por qué pelean entre sí? Los que antaño fueran amigos de años, compañeros de puestos en distintas ferias. No hay que ser un vivo para entender la importancia del sustento. Las trabas que la sociedad le pone al pan, en su largo viaje hasta la boca, es motivo suficiente para romperse la mandíbula. Y aunque después no puedas comer, siempre habrá una boca más pequeña que alimentar. Es lo que los dioses vivos no entienden, quitarle a un muerto un pedazo de comida genera muerte. Pero el mundo gira, llega la policía y las noticias, todo se calma. Entonces los vivos y los muertos comienzan a preguntarse ¿por qué? No hay culpables, o los culpables somos todos.

* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular

miércoles, 12 de enero de 2011

sobre Nova

Nova es el primer cuento de ciencia ficción (creo que lo puedo considerar así) del cual sentí orgullo por hacer y compartir. Criticado un poco por la complejidad en su lectura (por entonces casi no usaba signos de puntuación) fue bien recibido por los chicos del café literario y hasta mencionado un par de veces en conversaciones sobre nuestros escritos. Del contenido me gusta esa idea de que la tecnología se enfrente en una contienda con fuerzas de la naturaleza por el derecho de habitar la tierra. Tiene un mensaje ecologista que, creo, está bien disimulado con esas escenas de acción que me encanto relatar. El primer escrito en el blog tenía que ser Nova y esta entrada tenía que comenzar con la palabra Nova y terminar con la palabra Nova.

Nova

A veces me pregunto, Nova, ¿eres capaz de curar?, ¿devolver la vida?, ¿crear una nueva vida? ¿qué Dios cruel te creo, Nova? El destino que te depara es horrible. Odio estar aquí ahora, odio estar frente a ti. Mi Dios también es cruel.

Nova eres hermosa. Una esfera de luz, un punto brillante en medio del sol que es tu aura, un ser de energía infinita confinado en un cuerpo de mujer, la más bella de todas. Tus rasgos son finos, tu silueta exquisita, se confunde tu cabello con la estela que marcas al surcar el cielo. ¡Eres una diosa!

En tu andar errante por el cosmos infinito visitas mundos de dura roca, agua congelada o gaseosos y brillantes. Visitas sus múltiples lunas al saltar de una a otra. El nuboso cielo que los rodea te es cálido. Los paisajes que encuentras son únicos a cada planeta, de gran belleza y misterio. Como tú misma, Nova, que observas con más detención y descubres vida en formas y colores impensados. Erguidos y estáticos inmensos seres, criaturas sencillas deambulando por doquier. No entiendes su mortalidad, qué los hace tan vulnerables. No entiendes por qué en su paso por la vida son capaces de dañina destrucción, contaminación y sufrimiento, del lugar que los vio nacer, que los alimentó, que los protegió de la oscuridad y frío del espacio infinito. Eres la guardiana de estos mundos, a tu cargo está la extinción de millones de razas predadoras de su propio hogar, tus manos cargaron ya el destino de millones más.

Ya no te temo, Nova, hace mucho dejé de ser aquel niño. Parado en la estación espero y cuando es mi turno de mi traje luces se disparan como rayos ondulantes en todas direcciones. Un chirrido metálico emerge y se hace más fuerte. Los brazos mecánicos acercan las partes de mi armadura y una a una se acoplan perfectamente. Algunas partes se atornillan, cables se cruzan, leds se encienden. Vapor blanco sale de todas direcciones del golem que está listo para partir. Dentro me siento flotar entre los rayos de luz, mi cuerpo es liviano y flexible, ¿acaso así sientes al viajar por el espacio, Nova? El interior del robot también es frío, todos lo sentimos en la fábrica. Cientos de golems esperan ser transportados al claro, a la vera de la montaña, a tu encuentro.

Aterrizamos en un descampado que es el lugar perfecto. Nos agrupamos en número pequeño, mientras nuestra líder de escuadrón da instrucciones precisas, comenzar con artillería pesada, rodear a la bruja sin dejar de moverse, refugiarnos en las fallas del terreno y seguir, no activar el detonador atómico sin autorización. Su voz se entrecorta haciendo a la comunicación sombría y fatídica, no es el transmisor que falla, está asustada, teme a la que vendrá. Te teme a ti, Nova, que desciendes desde el sol siendo aún más brillante que éste. Como un meteoro atraviesas nubes a gran velocidad, una estela brillante dibuja tu trayectoria hasta el momento en que te detienes frente a nosotros.

Eres hermosa, Nova, más de lo que imaginé jamás, de lo que podría imaginar cualquiera. Parada ahí nos ves como a niños en un inmenso patio, corriendo en círculos y disparando nuestras armas de juguete, jugando a salvar al mundo, tal vez sólo seamos eso. Balas te rozan, misiles se aproximan a ti. Tu pecho se parte a la mitad y una fuerte luz cobre de inmenso calor escapa quemando todo cuanto que toca, así detienes nuestra artillería. Ahora diriges la luz hacia nosotros, hacia el planeta entero, incinerando soldados descubiertos, tanques y golems, calcinando la tierra, los árboles, las plantas, todo lo que está a tu alcance, el rocío en gotas de esta mañana de invierno se evapora como bruma humeante. Activo mi escudo de energía, la refrigeración del golem casi congela las partes flexibles del robot, ¿puede haber algo más frío que el espacio, Nova? Escapo del foco de tu ataque mientras disparo los misiles que aún tengo, es un golpe certero. Caes de cabeza y en picada golpeando con violencia el suelo. No eres invencible, Nova, la imagen es esperanzadora, el silencio se apodera del momento y del lugar.

Algunos se tientan a festejar, los comunicadores ahora estallan en risas, en insultos y gritos de felicidad, ellos no entienden, aún es demasiado pronto. La tierra se mueve a nuestros pies simulando un temblor, una réplica de la batalla anterior, pero hay algo más, hay alguien más. De la montaña se desprenden enormes rocas que en avalancha caen, y en todas direcciones el suelo se abre en erupción de magma incandescente, mientras, donde quiera que estemos, la tierra se traga a los humanos sobrevivientes en el claro, abriendo y cerrando cráteres de sedimento blando en un momento, bloques de piedra partidos o fallas colapsadas por el temblor que ahora es un terremoto.

Me encuentro atrapado hundiéndome junto a mi golem, antes mi armadura, ahora una prisión que asegura mi muerte. ¿Eres tú, Nova? La tierra bajo mis pies, el planeta entero es tu alimento y te hace más fuerte. Golpeo esa tierra con violencia y en todas direcciones, mi tierra. Los brazos hidráulicos del golem son alimentados directamente por la batería del núcleo principal, así la fuerza generada por cada descarga es inmensa. Golpeo la roca agrietándola, desmoronándola, desarmándola, y a cada golpe el infierno de piedra y lava se calma, el temblor se apacigua, la tierra no sangra fuego de sus cicatrices. ¿Acaso te hiere, Nova?, ¿es dolor lo que sientes? Continúo golpeando el suelo con violencia, aunque ya no esté atrapado. Me agito rápidamente, respiro con dificultad. La ira desencadenada se apodera de mi ser y me ciega. Furibundo azoto una y otra vez sin piedad, ¡sufre, sufre bruja, sufre y muere!

La situación había cambiado. No percibo la velocidad del viento a tiempo, los monitores me lo anuncian pero estoy enceguecido, apenas veo el enorme tronco calcinado al golpear el golem, que me empuja lejos, muy lejos del tornado. Despierto del trance y encuentro el inmenso remolino de aire que todo lo mueve, todo lo arranca de sus cimientos, y todo lo eleva a alturas impensadas. Viene por mí, pero ¿por qué?, ¿acaso soy el único sobreviviente?, ¿nadie más resistió el rugir de tu ira, Nova? No hay respuestas. En mi comunicador sólo un chirrido metálico, un ruido blanco que me aturde, me atemoriza. Cargo el detonador atómico, lo incrusto en la piedra más dura y pesada de todo el claro, una porción maciza de la cordillera misma que debería resistir lo suficiente. En los brazos de mi golem sólo quedaron unas garras como anclas pensadas para escalar, que se disparan unidas a mí por un cable de gran tensión. Activo los propulsores en mi espalda y formando un cuarto de círculo escapo tan alto como me es posible, esquivando escombros y restos humanos, sobrepasando el inmenso remolino. Los cables se cortan pero la fuerza devenida de la tormenta me mantiene un momento más en el aire. A mis pies el ojo del huracán se acerca al punto exacto, ya no me importa dónde está el explosivo o si fue tumbado por tu fuerza, ya no me queda otra alternativa, detono la bomba nuclear.

Desde aquí arriba veo la explosión de luz y humo expandirse. Las ráfagas de tóxico viento se irradian en todas direcciones a miles de kilómetros. Siento el calor incandescente derritiendo todo alrededor de la esfera que es fuego, que arde y quema. ¿Acaso así ves el sol al acercarte, Nova?, ¿cuántos soles visitaste antes de llegar hasta aquí? Mi armadura se derrite, es sólo el esqueleto en carne viva de aquel guerrero armado e imponente. La magnitud de la explosión se deja sentir manteniéndome un momento más en el aire, para luego dejarme caer atravesando nubes de humo oscuro y espeso. Del golem se rompen o desprenden partes que van cayendo conmigo. Logro ver el claro, pero ahora está inundado por aguas limpias y cristalinas cubriéndolo todo, reflejando los ases de luz que escapan al humo. Es un paisaje hermoso, pero triste y lúgubre.

El impacto es violento, de nuevo me hundo rápidamente con el golem como ancla. Con dificultad logro abrir la compuerta, el sistema corta la conexión eléctrica entre las partes del robot que se desarma y dispersa. Con tristeza lo veo descender y perderse en la oscuridad del abismo, con él se marchita el héroe que yo nunca seré. Contengo la respiración. La superficie está muy arriba y sé que intentar subir es en vano. Diviso algo a lo lejos ¿Eres tú, Nova?, ¿ésta es tu sangre, la esencia misma de tu ser, tu estado más puro? Algo me impulsa a seguir hacia el frente, como una voz que me convoca. Lucho contra la marea que me arrastra, contra la respiración que se agota y contra la muerte misma. Pronto veo un cuerpo iluminado en la profundidad. Una mujer desnuda en medio del agua, en medio de la nada. Pareces dormida, Nova, y dormida te ves hermosa. Es tan fácil salvar al mundo ahora. Ya no serás la guardiana de los planetas y las galaxias, es el final para ambos… adiós Nova. El Dios que te depara es cruel y tu destino es horrible. Me odio por estar aquí ahora, me odio por estar frente a ti. Mi destino también es horrible.

* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular