viernes, 20 de noviembre de 2020

El departamento de mi vecino de al lado

Me había predispuesto a pasar la noche de este sábado de encierro maratoneando una serie argentina de los 90: El Garante. Una de esas producciones inocentes y visionarias que, para la época, mostraron un contenido diferente a lo convencional. Tenía los 8 capítulos descargados en la mejor calidad que pude conseguir, que era pésima, y con un sonido que por momentos apenas se escuchaba y por otros saturaba las bocinas del Smart tv. La trama en los primeros episodios era la de un thriller psicológico. El protagonista pasaba por situaciones extrañas que rozaban lo irreal, provocadas por el antagonista, quien le reclamaba una deuda que no era suya. Debí estar en mitad del tercer capítulo cuando empezó a molestarme el volumen de la tele del vecino.

Ya era de madrugada, en el edificio vivía gente que trabajaba, incluso los domingos, otros que querían descansar de una semana monótona y rutinaria, otros que, como yo, trataban de pasar el rato disfrutando de una película o una serie, e incluso de una charla con algún ser amado. Cualquiera sea la situación, el volumen de la tele del vecino estaba demasiado fuerte. Comencé mi cruzada combatiendo fuego con fuego. Subí el volumen a mi tele un poco, solo un poco, para que el vecino entienda lo molesto que eso podía ser, para que recapacite. Esto no lo afectaría solo a él. Los otros vecinos del edificio, esa misma noche o al otro día, vendrían a mí departamento con quejas respecto al volumen de mi propia tele y la hora que era. Esto no me preocupaba, yo podía cargar con esa cruz si eso significaba cambiar la actitud de mi vecino de al lado.

La respuesta se hizo esperar un tiempo pero finalmente llegó. El vecino de al lado subió el volumen de su tele un poco, solo un poco, pero lo suficiente para que pueda escucharlo por encima del volumen de la mía. Ambos sonidos se combinaban en un eco espectral, creía escuchar voces del pasado en lo que sea que estaba viendo el vecino, el departamento se iba inundando de todo ese ruido. Medité la situación por un momento. No iba a caer en la bajeza de responder a este ataque, tenía que demostrar carácter, resolver la situación de forma pacífica. Podía apagar la tele, continuar viendo la serie mañana y acostarme a dormir, podía pasar los capítulos al celular o a la notebook, conectar los auriculares y verla desde ahí, podía dejar todo como estaba, esperar la reacción de los demás vecinos del edificio y escuchar victorioso como lo puteaban a él. Subí el volumen de mi tele un poco más.

Ambos hicimos la misma ofensiva durante un buen rato. Él subía el volumen de su tele y yo el del mío, él volvía a subirlo y yo también, así hasta que el contador de volumen estuvo al máximo y supongo que el de él también. Quedamos en un punto muerto en que las únicas víctimas eran los demás vecinos del edificio. No había un vencedor aún pero tampoco me había quedado sin estrategias. Después de pensarlo un rato decidí dejarme de sutilezas y atacar con la artillería pesada. A estas alturas no había demasiada diferencia entre lo fuerte que estaban ambas teles y los golpes que empecé a propinarle a la pared lindante con el departamento del vecino. Al comienzo fueron 3 golpes secos, contundentes, tras lo que me quedé esperando una respuesta, sin saber cuál podía ser. El vecino podría entender el mensaje, mermar el volumen de su tele, yo haría lo mismo, y alcanzaríamos esa necesaria paz, podría devolver los golpes a la pared como contraataque y esperar las represalias, podría no hacer absolutamente nada dejándome en total incertidumbre, en el mismo estado de las cosas que antes de golpear la pared. Esto último fue lo que pasó. Golpee la pared dos veces más, o tres, en este punto ya estaba fuera de mis casillas. Fuí al armario donde guardaba las herramientas, que había comprado usadas en línea, y que seguramente no iba a usar nunca, saqué el martillo que venía incluido en el juego y empecé a martillar la pared del vecino. Mucho más fuerte que antes, muchas más veces, con enojo, con incertidumbre, con miedo. Tras este ataque de furia volví a meditar el asunto. La respuesta del vecino seguía siendo nula, la situación había llegado a un punto irrisorio. Decidí hacer lo que debería haber hecho desde un comienzo, tener un enfrentamiento cara a cara, sin sutilezas, ir al departamento del vecino de al lado para pedirle que baje el volumen de su tele.

Los pocos metros por el pasillo, hasta la puerta del vecino, me hicieron notar que afuera no se escuchaba nada, ni el ruido de la tele del vecino ni el de la mía, tal vez tampoco los golpes que le di a su pared. Los departamentos en estos edificios están basados en la repetición, la misma forma, los mismos ambientes, la misma estructura. Para nuestro caso el departamento de mi vecino y el mío estaban enfrentados, repitiendo todo, pero al revés, como en un espejo. Por esto sabía, cuando vi la puerta entreabierta, hacia donde mirar para ver su living. Todo era muy similar a mi propio living, aunque estaba oscuro y se distinguía muy poco. Finalmente apareció. Mi vecino estaba tirado detrás de una mesa ratona, tenía la cabeza y toda la cara ensangrentada, había un martillo cerca de él, estaba enredado en cables, alrededor de sus brazos y su cuello, me llamaba con su mano, trataba de elaborar palabras pero solo salían gemidos de su boca, bajaba la cabeza para arrastrarse un poco y volvía a levantarla buscándome con la mirada. Parecía la escena de un crimen, parecía que le habían pegado con el martillo y habían tratado de amarrarlo o de ahorcarlo con los cables, la puerta estaba entreabierta, podría ser un robo, la tele estaba apagada, podría ser otro vecino enojado por el volumen. Volví corriendo a mi departamento.

Entré apresurado. Busqué en la penumbra el martillo, mi martillo, para defenderme de quien hubiera agredido a mi vecino. Pensé en llamar a la policía. No podía encontrar el celular por ningún lado. La tele seguía sonando fuerte. De repente empecé a escuchar los golpes en la pared, apenas perceptibles por la tele. Venían de al lado, de la pared de mi vecino. Seguramente su agresor seguía ahí, terminando el trabajo, y ahora golpeaba la pared para advertirme que yo era el siguiente. Apoyé mi cabeza sobre la medianera para tratar de escuchar algo de lo que pasaba del otro lado. Por un rato no se escuchó nada hasta que en un momento los golpes se hicieron más fuertes, muchas más veces y con enojo, con furia. Tal vez era otro vecino del edificio molesto por el volumen en que teníamos la tele mi vecino de al lado y yo. Fuí hacia el Smart tv para apagarlo, no encontraba el control remoto en la penumbra de mi departamento, empecé a desconectar todos los cables que tenía, todo se oscureció un poco más. Volví a buscar el celular por el departamento a oscuras. Tropecé con las patas del mueble del televisor, caí en dirección a la mesa ratona y me golpeé la cabeza. Estaba ensangrentado y confundido.

Alguien apareció por la puerta que dejé estúpidamente entreabierta. Me arrastré por el living buscando que me viera, quería advertirle sobre el asesino de mi vecino de al lado, que tenga cuidado, que podía estar en el pasillo ahora. Trataba de articular palabras, pero solo gesticulaba gemidos. Me arrastré un poco, para que me vea, pero cuando traté de hablarle de nuevo salió corriendo, se fue, tal vez espantado por lo horrendo de la escena, tal vez reconociendo el peligro inminente que lo acechaba, poniéndose a salvo, tal vez entendiendo que ya era demasiado tarde para mí. Me quedé ahí tirado, con el departamento en silencio, escuchando a lo lejos la tele de algún otro vecino a través de la pared, mirando mi propia tele apagada y esperando que el sicario venga a terminar con el trabajo que había empezado, en el departamento de mi vecino de al lado.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

De cómo desaprovechamos los usos de la palabra etcétera

Vengo notando en estos últimos 35 años que llevo hablando en español, es decir, desde mi más temprana edad, cuando apenas entendía sonidos que generaban sensaciones de curiosidad, alegría o tristeza, hasta esta época en que se me da por escribir cualquier cosa que se me ocurre, es decir, desde que nací hasta hoy, vengo notando que desaprovechamos los usos de la palabra etcétera.

El comodín por excelencia de la lengua española lleva mucho tiempo relegado a denotar la falta de verborragia sobre un tema, que da para mucho más de lo que somos capaces de decir al respecto, a recortar una cuenta que por larga o repetitiva deja de ser necesario seguir enumerando, a menospreciar los detalles sobre un algo específico, por simple pereza mental, por falta de ganas.

Todos son usos apropiados donde esta expresión consigue el objetivo deseado sin mayores esfuerzos y con un porcentaje muy alto de entendimiento del mensaje de parte del receptor. Pero eso no significa que no estemos desaprovechando el potencial de esta excelente palabra. Supongamos un ejemplo concreto:

Salís al súper, al chino, al turco, al del viejo tano que ya es más argentino que la empanada, al que sea que tengas en el barrio, salís a hacer las compras de la mañana. Te encontrás con la típica señora del barrio, esa que te estas imaginando, que te vio nacer, que te vio correr medio en bolas por la vereda, que recuerda hasta que edad usaste pañales o si te dio paperas. Te encontrás con la típica señora del barrio y te hace la típica pregunta de barrio.

– ¿Mijo como esta?, ¿Cómo anda la mamá?

– Hola… y bien, andábamos medio preocupados porque etcétera.

– Ah bueno, cualquier cosa ya sabe, me avisa.

El intercambio se termina y vos continuas con tus compras de todos los días. Ustedes podrían decir que no hubo ningún intercambio, que no le dijimos nada a la señora. Esa es la magia de esta hermosa expresión.

Si mi vieja anda preocupada porque no le depositan la jubilación, y hace seis meses que no le actualizan los montos, y encima cobra la mínima por haber trabajado en casa de familia toda su vida sin ninguna cobertura social y sin aportes. Sobre eso no hay mucho que pueda hacer la típica señora de barrio. Y si además anda sintiendo unos dolores raros en la cintura, y la obra social no le cubre los estudios, y resulta que para autorizar los estudios que si le cubre tenés que hacer fila en el subsidio desde las 5 de la mañana para que te atiendan al medio día y “¿por qué no me la pueden autorizar a mi si aquí tengo el documento?”, “disculpe señor, pero tiene que venir ella”, “75 años tiene, no puede venir ella”, “le voy a pedir que no me levante la voz por favor señor”. No, sobre eso tampoco puede hacer mucho la típica señora del barrio. Y encima yo, que con mi sueldo la veníamos remando hasta poder conseguir lo medicamentos y “por la presente, la dirección le comunica que ha tomado la decisión de extinguir su contrato de trabajo quedando desvinculado de la empresa a efectos de finales del corriente mes”. Tampoco, sobre eso tampoco puede hacer nada la típica señora del barrio.

Y como no puede hacer nada y a mí de nada me sirve contarle todo eso, es que etcétera, y ustedes no se preocupen por que el asunto ese del dolor los vamos a solucionar con etcétera, y por mi parte ando teniendo algunas entrevistas de trabajo en etcétera, además quería aprovechar que leyeron hasta aquí para contarles de etcétera.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Debe ser mi aliento

Hay personas que les hablan a los animales. No es que estos les contesten o realicen algo más que alguna orden sencilla para la que fueron entrenados. Pero estas personas les hablan. Les cuentan su día a día, les hacen preguntas, les dedican palabras de gran afecto.

Hay otras personas que les hablan a las plantas. Que pretenden transmitirles una energía misteriosa para que crezcan más sanas y fuertes, más verdes. Les sonríen, les cantan, les dicen piropos. Las riegan y las podan, las dejan bonitas.

Están esas otras personas que le hablan a la tele. Aquí la interacción parece más recíproca. Contestan a las preguntas que el guion pone en la boca de sus personajes, se refieren de forma sarcástica a los menos queridos, se enojan, sufren y ríen, muchas veces con mayor credibilidad que los propios intérpretes.

Conozco muchas personas como estas y la mayoría, o todas, ya no hablan conmigo. Cruzan de vereda cuando me ven pasar, cambian la cara si me encuentran de frente, me ignoran. Es como lo estas suponiendo, el remate está en el título.

PD: aceptaré que no quieras volver a hablarme después de leer esto.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Capital humano

Tengo la capacidad, que es una cualidad o una habilidad, de encontrar lo distinto en lo mismo y viceversa. Entiéndase en ambas direcciones. Esto quiere decir que, si veo una serie o película, o leo un libro de cuentos o novela, o escucho una canción o un álbum completo, y estos son, de cine mudo o en blanco y negro, de autores muertos y olvidados por la academia, en discos de vinilo edición coleccionista, que además, repiten una estructura episódica, no parecen aportar nada nuevo a la lengua, se sientes desprolijos y amateur, voy a buscar y a encontrar en ellos, las propuestas adelantadas a la época, en lo artístico y filosófico, los momentos icónicos, las referencias que podrían no serlo, la carga emocional de sus actores, autores o intérpretes, un abanico de especulaciones personales de la obra que pretendo contarte si vienes, si te animas a venir, si te animas a quedarte.

Y viceversa. Si veo, leo o escucho obras más actuales, más contemporáneas, puedo buscar y encontrar en ellas el patrón que las moldea, las bases de su estructura, los significados que pretenden esconder, las decisiones de dirección, de edición y producción, el porqué de ser o estar, y de no estar, que son otro montón de ideas, otro montón de palabras que puedo ofrecerte si te quedas, si te animas a quedarte, si no te vas.

También tengo el capital humano, y esto es importante, porque me ha valido para conseguir puestos de trabajo y oportunidades con mujeres, que no se asemejan en casi nada, pero sí, tengo el capital humano, que es una cualidad o una habilidad, de expresar de forma simple y sencilla lo que pienso, como lo pienso, como pienso que es. Puedo estructurar la idea en un discurso bien fundamentado y sintético, entre escenas sin diálogos, expresarla furtivamente al final de cada párrafo o detener apenas la reproducción, en el cambio justo de nota, para acotar el comentario preciso enriqueciendo en su totalidad la experiencia, pero solo si vienes, si te quedas, si no te vas.

Además tengo la capacidad de hacer silencio, por supuesto que la tengo, mientras todo sucede, estando en tu compañía, lo que sea que dure la obra. Pero pasa que me aburro y al toque me duermo.

martes, 9 de julio de 2019

Los mocoacosadores

Señora mamá o papá, tutora o tutor de Carlitos, le escribo esta nota para comunicarle la lamentable noticia de que su hijo, junto con otros compañeritos del grado y algunos nenes de los otros terceros, formaron una banda dentro de la escuela que se hace llamar “los mocoacosadores”. Lo que están haciendo los integrantes de esta banda es, durante el recreo, cuando las otras señoritas o yo no los vemos, hundir sus dedos índices en ambos orificios nasales hasta colmarlos de mocos y salir a perseguir a nenas y nenes más chiquitos o a las compañeritas y compañeritos del curso, con la intensión de embarrarles el delantal, el pelo o la cara con mocos. En la mayoría de los casos no lo hacen, por miedo a ser retados por la señorita, pero sí disfrutan de acosar a sus víctimas apuntándolas con los dedos llenos de mocos y amenazándolas diciendo las cosas que les van a hacer. Lo que le pedimos, por un lado, es que corte las uñas de los dedos de su hijo hasta quedar al ras, en especial la de los índices, y, por otro lado, que enseñe a su hijo a respetar a todas y cada una de las compañeras y compañeros en el recreo. No queremos que esto llegue a mayores, como está sucediendo con la banda de alumnos de séptimo grado que se hace llamar “los serasátiros”. Sin más que informarle me despido. Atentamente la señorita Andrea.

Un día cualquiera en lo profundo del espacio

Bitácora del capitán Leonel Massup, entrada número 192018, con 1365 días de viaje cumplido decidí dar la vuelta y emprender nuevamente el rumbo a casa. Esta decisión, en apariencia arbitraria, fue tomada después de deliberar con los tenientes y subtenientes a cargo de cada una de las divisiones de la nave y votada en forma unánime. Todos estuvimos de acuerdo en emprender el regreso a raíz de nuestro encuentro con la entidad, semanas atrás, en la desértica luna Poo del Quinto planeta de la galaxia. Al regresar los exploradores de la luna trajeron consigo lo que fue dado en nombrar como el Emisario. Este emisario nos explicó que la entidad es un ser único, capaz de habitar cualquier forma de vida consciente y de establecer un vínculo con cada uno de los seres que asimila, convirtiéndolos en parte de sí mismo, convirtiendo el nosotros en un solo ser. Ahora que tengo el control integro de esta nave, voy a dirigirla a su planeta de origen para asimilar más seres como este, para ampliar mi presencia en el universo, hasta ser la única entidad que lo controle todo.

jueves, 16 de mayo de 2019

…dos días a la semana

La inevitable certeza de la incualificabilidad, cinco días a la semana, la no pertenencia a cuánto espacio que al hacerse próximo se convierte en ajeno, tangente a la curva descendente con final predicho, las letras, la música, el teatro, el cine, las distopías de la mente, de cuerpo presente en ausencia de significado, los lugares y el mismo tiempo curvo, en picada, acaban por dejarte solo, aislado de amor, de lujuria, de deseo, de contacto incomprensible y pasional.

Y la confiable capacidad de adaptabilidad, de poder surcar aguas turbias apenas salpicado por groseras gotas de conciencia, de realidad manifiesta, que te ubican en el espacio y tiempo justo en el que estás, sobrepasado por estímulos incomprensibles para una mente adormecida de alucinógenos colores, movimientos en cámara lenta, flash incandescente, música, una voz, un golpe, el sabor del suelo mojado del boliche, el frio liquido en la cara, flash de conciencia y el entendimiento de una situación cíclica, dos días a la semana.

La inevitable certeza de…

Todo el mundo recuerda lo que amó en secundaria

Todo el mundo recuerda lo que amó en secundaria, de lo que estaba enamorado, del dónde, del cuándo y del cómo.

De la pibita esa, esa pibita de cuando yo era un pibe, queda poco en esta foto de Facebook. Loca porque dejaste que el grillete del mandato opaque esos sueños de… estoy seguro de que la pibita tenía sueños, tenía anhelos, era quien de verdad se iba a llevar el mundo por delante. Estoy seguro de que nos pasamos horas hablando de viajar, de estudiar en la universidad, de amar sin medir las consecuencias.

Lo encontré al profe el otro día, no en la calle, no en la escuela, ni siquiera lo vi esperando el colectivo, lo encontré en Twitter. Miralo vos al viejo, animándose a más, conociendo nuevos espacios, integrándose en el mundo globalizado. Lo encontré al profe cruzando opiniones con otros dinosaurios sobre que la juventud está herrada, que en sus tiempos era mejor, que debería volver la colimba, que el que roba en cana, que no fueron treinta mil. ¿Qué te hicieron viejo?, si yo me hice profesor por vos, si vos siempre quisiste que seamos algo más, la mejor versión de lo que podemos ser.

Hoy vi el estado de uno de mis compañeros. Se había reunido con el grupo a tomar un porrón y recordar viejos tiempos. Seguramente se les pasó invitarme, no importa. Estaban muy divertidos los del grupo, impunes, parecía que hablaban de lo gorda que estaba Vanesa, de lo pelotudo que era Hernández, de cuánto tiempo le desearon lo peor a Romina, a la que murió. ¿Esas no eran las charlas en mi tiempo? Me imaginé estos encuentros incluso entonces, carrera profesional, familia, proyectos artísticos ¿Por qué no estaban hablando de todo eso?

Todo el mundo recuerda que amó en secundaria, que estaba enamorado, no del donde, no del cuándo ni del cómo.

lunes, 6 de mayo de 2019

Sobre la polémica por el uso de la letra x o la letra e como forma de hacer inclusivo el lenguaje español y una posible solución

Tarde, como siempre que decido aportar al respecto de una polémica vigente en el espacio social virtual y en el espacio social físico que me rodea o envuelve, tarde como siempre, decido opinar ahora sobre el uso de la letra x o la letra e, en reemplazo de la letra correspondiente al género de cada palabra, la letra a o la letra o, como alguna vez aprendimos en la clase de lengua cuando cursábamos la escuela primaria. Que ese uso es una manera de hacer al lenguaje más inclusivo, de la mano de muchas otras políticas y formas de acción que se aplican en la actualidad para lograr esa necesaria inclusión que, no por nada, es tan requerida en este momento y lugar en el mundo, no, no es de lo que quiero hablarles. Que es la escritura una forma de comunicación pautada y normada, y que no puede cargarse de un mensaje político a la forma en que se escribe, como si puede cargarse a las pretensiones comunicativas de los textos en cuestión, no, tampoco es el motivo de este ensayo. De políticas inclusivas o de normas de la RAE, citando a sus filósofos, analistas y creadores, analizado sus propuestas, cuestionando a sus impulsores y detractores, no, de eso no se nada. De lo que puedo y quiero hablarles es de la grieta invisible que existe entre los que usan la letra x a la hora de escribir palabras con género de forma inclusiva y los que, al hablar, teniendo que utilizar esa x para decir estás palabras, pronuncian las mismas como una letra e, es decir, la grieta entre la letra x y la letra e inclusivas.

Creo que toda revolución en el lenguaje, o toda evolución en la conciencia sobre el otro, requiere de la unión de todas las huestes que estén en oposición al yugo opresor que enfrentan, requiere de la comunión entre los opuestos más dispares, de la fusión del yin con el yang, que quiero decir con esto, que no pueden existir diferencias entre el uso de una u otra letra, si lo que se quiere es impulsar una nueva forma de comunicarnos que salve las desigualdades a las que estamos expuestos día a día y de las que hoy somos más conscientes. Es decir, no puede haber diferencias entre el team x y el team e.

Haciendo un análisis exhaustivo del abecedario, desde la A hasta la Z, inclusive tomando en cuenta conjunciones que antaño eran enseñadas en las escuelas primarias como ser la ch (ce - hache o che), y considerando, como hasta ahora no se hizo, las letras definitorias del género de las palabras, la letra a para el femenino y la letra o para el masculino, llegué a la conclusión de que la mejor opción para reemplazar estas formas de escritura es tomar la letra intermedia entre ambas vocales en el abecedario. En la siguiente línea están estas letras y con mayúsculas su letra Intermedia:

a b c ch d e f g H i j k l m n ñ o.

La letra Intermedia es la H, la H muda. Antes de tomar este hallazgo como la solución definitiva al problema tenemos que considerar que si reemplazamos por h las vocales de las palabras con género, entonces estas bocales serían reemplazadas por una letra que en general no se lee cuando leemos mentalmente esas mismas palabras, palabras que van a tener un sonido ausente a la hora de pronunciarlas en voz alta, como perdido. A modo de juego invito al lector a tratar de reemplazar por h la letra que define el género de las palabras en la siguiente frase y leerlo en voz alta:

Amighs, compañerhs, todhs...

Podrán notar la ausencia y confusión que implica este cambio.

Luego pensé en tomar solo a las vocales, que son las letras cuestionadas en definitiva, y dejar de lado las otras letras del abecedario. Si seguimos con las vocales la misma regla, vemos que entre la a y la o tenemos el número de letras par e-i, si utilizamos la e estamos dando ponderación a la letra que define el género femenino, la letra a, y si utilizamos la i estamos dando ponderación a la letra que define el género masculino, la letra o. Pero existe una solución, existe la posibilidad de utilizar la conjunción de ambas letras, ei, para reemplazar las letras que definen el género en las palabras. A modo de juego invito al lector a reemplazar por la conjunción ei la letra que define el género de las palabras de la siguiente frase y leerlas en voz alta:

Amigeis, compañereis, todeis, por qué motivo pierden el tiempo…

Suena poco natural, suena algo extraño, suena como palabras en español pronunciadas por un inglés que poco entiende la fuerza que tienen esas palabras que nos reúnen, que nos convocan.

Pensando durante largas noches el problema, dándole vueltas y vueltas a la cuestión, entendí que la solución era justamente así de circular y que el final era un nuevo comienzo. Imaginé a las vocales, impresas en orden, una a la par de la otra en una cinta de moebius, que leídas de corrido quedaban como: 

a e i o U a e i o U a e i…

Y así hasta el infinito. Fue entonces que divisé la solución. Le letra que terminaría con la grieta era la letra que estaba justamente en medio de la a femenina y la o masculina, la letra que anunciaba un error grave a la vez que denunciaba un problema en forma de queja, la letra que expresa ese enojo rabioso que significa el descontento con lo establecido, la lucha por el cambio profundo y duradero, la letra olvidada, la última vocal del abecedario, la letra perdida, la letra u. A modo de juego invito al lector a cambiar la letra u por la letra que define el género en la siguiente frase:

amigus,compañerus, todus, por qué motivo pierden el tiempo, leyendo o escuchando, las estupideces que tiene para decir estu BOLUDU / CONCHUDU.

lunes, 17 de septiembre de 2018

No lo leas, no le suma nada a nada

Te pongo en contexto, baño de gimnasio, hace calor, está lleno el lugar. Hay tres duchas individuales con puerta, dos inodoros, también con puerta, y dos orinales al aire libre, frente al espejo, sin separador, con la inevitable facilidad de verte orinar, de cuerpo completo, y a los demás también, cero intimidad para orinar, está lleno el lugar. Abro la canilla caliente, la apunto hacia un costado un momento, salía fría al comienzo y está lleno el lugar, pero la puerta está cerrada y nadie puede ver mí cobardía, la intimidad justa en la ducha del baño del gimnasio. Ya está caliente, ya estoy desnudo, las otras dos duchas en iguales condiciones, con iguales hombres haciendo tal vez lo mismo, afuera la espera, el lugar está lleno. La necesidad, que ya es costumbre, que ahora quiero contarles, que es básica, que ya no me da vergüenza, que vuelve a suceder y que cómo siempre sucede, sucede. Orino en la ducha. La orina cae caliente, como el agua de la ducha, los dos líquidos calientes impactan el suelo de la ducha, al mismo tiempo, casi del mismo color, y hacen lo mismo, o eso creo, después del impacto no distingo entre orina y agua, ambos corren libres, como uno solo, giran concéntricamente alrededor de la rendija, se pierden en ese hoyo negro que conduce al desagüe, se hacen uno y se pierden, las otras dos duchas suenan a líquido que cae, que impacta el suelo, la gente espera, el lugar sigue lleno. Creo distinguir, no estoy seguro de si esto es posible en verdad, pero creo poder reconocer el sonido de la orina caliente al impactar el suelo, al golpear el azulejo del piso de la ducha, junto al resto de agua que cae, de mi cuerpo, de la ducha misma, y además de distinguirlo, creo poder diferenciarlo del resto de sonidos de agua, de líquido que cae e impacta el suelo, creo poder diferenciarlo y aislarlo, y hasta por momentos, concentrándome lo suficiente, solo escuchar orina que cae, orina caliente que impacta el azulejo, está lleno el lugar, de a poco dejo de escucharlos a ellos también. No puedo distinguir si esta particular distinción entre el sonido del agua que impacta el suelo y el sonido de la orina que impacta el suelo, son una ilusión, son un juego de la mente, son la idea que surge de ver impactar la orina y creer que alguno de esos sonidos que escucho pueda ser el sonido propio de ese choque, de ese golpe líquido y ácido de la orina en el suelo de la ducha, que por definición, por ser la orina distinta del agua, en su composición química y demás, debería de sonar distinto. Y ese sonido, que creo es el sonido de la orina, me parece distinto, me parece particular, de a poco voy aislándolo del resto de los sonidos, el de la ducha, el de las demás duchas, el de la gente en el baño del gimnasio esperando, voy aislando cada uno, los voy separando y suprimiendo hasta escuchar solo la orina que impacta el suelo. Voy a tratar de reproducírtelo:

– Shiufsssssssssssssssssssssssssssssssssssss – este es el sonido de la ducha.

– Chirufssssss – este el sonido de la orina, es el que tengo que aislar.

– Che flaco, ¿vos te estabas bañando recién? – Alguien le habla al que salió de la ducha contigua – ¿por qué pingo meas en el el piso de la ducha?, que no ves que... – sigue hablando, otro sonido que tengo que aislar.

– Shiufssssssss – de a poco voy aislando el sonido de la ducha.

– ¿A quién empujas culiáo?

– Plafsssss – alguien se cae afuera, se está armando un alboroto pero ya casi logro no oírlos.

– Shiufs... – el sonido de la ducha se apaga también.

– Chirufssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss...