Te voy a convertir en mi obsesión de este domingo. Como en otras oportunidades, otros domingos, fue un libro de Cortázar, fueron 10 capítulos seguidos de una serie emocionante, fue una salida a un lugar desconocido. Hoy vos. Puedo pasarme el día entero mirando tus fotos, las del muro, las del viaje a Jujuy, esas que te sacaste frente al espejo luciendo ese vestido que te queda tan bien. Puedo leer tus viejos mensajes, también, volver a encontrarte en esas palabras que compartimos alguna vez, recordar la emoción de conocer tus gustos por el cine, por las salidas con amigos, y por los hombres. Puedo pasarme el día pensando, sólo pensando, en los muchos lugares adornados por lunares que hay en tu cuerpo, en las arruguitas de tu rostro cuando ríes, en el olor de tu cuello al amanecer, en el sabor único de ese último beso, el de la despedida. Y es que ya de sobra te hablé de las vicisitudes de los lunes, de cómo los martes empiezan a apurarme con las tareas incumplidas, y los miércoles el hastío a la rutina se hace sentir más fuerte, por estar justo en el medio, de cómo los jueves no veo la hora de terminar el día y los viernes me cuesta empezarlo como si fuese un lunes potenciado. Los descansos son para los sábados. Las melancolías, las crisis existenciales, las obsesiones de un día, esas son para los domingos. Y te voy a convertir en mi obsesión de este domingo. Como en otras oportunidades, otros domingos, fueron algún cómic épico, un juego de computadora que me inmovilizó durante horas, un atardecer nublado escribiendo cosas como estas. Hoy vos. Para el próximo domingo no he decidido aún, quizá finalmente quieras acompañarme en esa merienda que nos debemos, quizá disfrute de verte de nuevo, y me ayudes a decidir con que obsesionarme ese domingo.
lunes, 14 de marzo de 2016
domingo, 13 de marzo de 2016
Salir hoy está por de más sobre valuado
Preferir quedarme en casa de nuevo, sentado leyendo toda la tarde, un domingo fresco pero con sol, con cielo despejado y buena luz, de parques verdes próximos a la primavera y gentes algarábicas por doquier, me hacen pensar en cuanto viene desperdiciando domingos Dios últimamente.
sábado, 12 de marzo de 2016
Lo que me llevé de las clases de teatro
Hablando con un actor, con un artista de la actuación, comprendí una verdad que me parecería absoluta si pudiera creer en uno o varios infinitos. Me dijo, y cito, “para interpretar un terrorista con barba, te tenés que dejar la barba, tenés que usar la barba, tenés que sentir la barba y ser la barba”. Suena lógico. De todas maneras me preocupaba más el hecho de que, para interpretar un terrorista lo importante sea saber usar y sentir la barba. Supongo que la violencia, el terror y la intimidación, son parte del cotidiano de la vida, no solo la de un terrorista, nada demasiado difícil de interpretar entonces, solo aprender a sentir la barba. Cuando pienso en aplicar este absoluto a lo que yo hago, quedo en un lugar un poco complicado. Supongo que quienes escribieron heroicas historias, de hombres sublimes, en alguna manera fueron hombres heroicos y sublimes, o al menos creyeron serlo, a lo Quijote. Que me quedaría a mi entonces. Escribir historias sobre un hombre mediocre, con un trabajo mediocre, que vive en una ciudad mediocre y se siente mediocre. Pobre del lector, cuan mediocre podría ser esa historia.
La mejor defensa es...
Que confundidos están los que piensan que el sarcasmo es un arma de ataque, que penetra en lo más íntimo de tu ser para causar estragos en tus entrañas sensibles. Daños profundos, lastimaduras ocultas que no pueden ser tapadas por curitas de 50 centavos. Para nada, no. El sarcasmo, mi sarcasmo, no es más que una forma de defensa, una estrategia bien calculada de repliegue ajedreciano. Es una coraza o escudo que detiene tan incesante devenir constante de formas de entender, la realidad, más simples. Formas que podrían, en algún punto, si es que acaso no me defiendo de alguna manera, hacerme disfrutar del mundo y de sus muchas entropías, de lo maravilloso de la existencia bíblica, casi hasta el grado de hacerme sentir feliz, en algún momento.
miércoles, 2 de marzo de 2016
Quien ríe último
Ya vencido, en mi lecho de muerte, con las ultimas energías para pensar apenas, y un dolor agudo, que creo, no cesará más, en mi mente solo están ellos. Todos los doctores, todos los curanderos y chamanes, los clérigos, todos, todos los que trataron de rescatarme de este derrotero y no pudieron, ellos. Y si los tuviera aquí en frente ahora, y si acaso pudiera hablarles, les diría "gané. Les gané putos. No pudieron hacer nada por mí, les gané".
domingo, 14 de febrero de 2016
Ficción
Leo ficción. De manera recreativa, sin fines de lucro. Sé de sobra que la realidad supera la ficción, todo el mundo lo sabe. Igual soy un hombre de fe y sigo leyendo, esperanzado, que la ficción no deje de intentar revertir eso.
jueves, 11 de febrero de 2016
Los buenos amigos solo traen cerveza
Como puedo aprender del desconsuelo si me consuelan. Que estúpida necesidad de mal amigo es la de querer hacerte sentir mejor cuando saben que la culpa es enteramente tuya. Es un acto de egoísmo de los más ruines, empatía perversa, yasta yasta en lugar de cagate. Es limpiar la conciencia con la premisa profética del yo estuve ahí, pero sin el necesario reproche de sí me hubieras hecho caso. Y ahora que mordés el polvo vuelven a cumplir ese rol heroico de la otra vez y la otra vez y todas las veces. Que se vayan a la mierda, y que coman aca. Si no aprendí nada, ni a la tercera, ni a la cuarta, es culpa de ellos, enteramente de ellos. Y si no aprendo ahora es porque no quiero. Métanse la cerveza y los consejos en el culo, yo me vuelvo a buscarla.
domingo, 24 de enero de 2016
Calma
Como hacía mucho no me pasaba, de un tiempo a esta parte, me encontré hace poco en completa calma. Supongo, sin creer en tonterías del destino, que estaba predicho que pasaría. El profeta no fue otro sino yo mismo. Supuse o predije que, al lograr cierto grado de seguridad, cierto nivel de madurez emocional, y fundamentalmente cierto porcentaje de alcohol en la sangre, iba a poder disfrutar de un instante así. El error en la predicción, porque ningún Nostradamus es exacto, puede encontrarse en el lugar. Lo había ideado en la cima de alguna colina o formación montañosa, con cielo despejado, con luna y estrellas, tenía también en mente la inmensidad del océano, la sobrecogedora ausencia de horizonte, solo mar, fácilmente habría imaginado un llano abierto con mucho pasto verde alrededor, bajo un árbol con pava y mate, el más simple de todos. Pero llego de la mano de lo más básico, la juntada. Tres amigos que una noche no tienen nada que hacer, ponen música en un viejo Aiwa y se sientan en la vereda, con la luz apagada, con un canal mugriento al lado de una canchita de fútbol como paisaje, con una luna apenas distinguible detrás de los faroles de luz, viendo pasar por el horizonte los autos de rezagados que están terminando su noche también, y tropiezan con el viejo bache destruye suspensiones, con charlas de filosofía barata, psicología de bolsillo e historia subjetiva, justo en el momento en que soy consciente de que ya no entiendo nada de lo que se dice, en que no distingo nada de lo que veo, en que estoy a punto de apagarme, es que encuentro la completa calma. Todas las preguntas serán respondidas al otro día, o tal vez no, qué importa, me conformaría con la respuesta a la pregunta más importante, ¿cómo mierda volví a casa?
viernes, 22 de enero de 2016
Incuantificable
Voy a natación 3 veces por semana, también voy al gimnasio 3 veces por semana, hago clases de teatro, 2 veces por semana, 3 horas por vez, las horas de natación y del gimnasio no sé si pueda cuantificarlas, no son siempre las mismas. Hago clases de música, aprendo a tocar el bajo, una (1) clases por semana, varias horas según el humor del profesor. No siempre hago todas esas clases. Practico en casa con mi bajo también, 40 minutos por día o al menos así miento a veces. Trabajo 7 horas, 5 días a la semana, menos los feriados, estas sí son fijas, cuantificables. Leo, o me gustaría, una (1) vez por día. Escribo mucho menos que eso. A la diversión le dedico los fines de semana, una buena cantidad de horas que voy a resumir en 6 por cada día. El resto son tiempos ya muertos relacionados con momentos como el desayuno, merienda y cena, y las actividades que se realizan entre estos tres, no voy a detallar estos tiempos, para no hacer tedioso el recuento, pero los voy a contabilizar en la suma final como 47. De esa manera, entre natación, gimnasio, música, practica de bajo, trabajo, lectura, escritura, diversión y rutina, tengo 3+3+2+3+1+40+7+5+1-1+6+47=118. Es un numero bastante pequeño, ¿acaso habré acabado con la sumatoria de momentos que podía pedirle a la vida?, ¿con tan solo 118?, con tan pocas cosas hechas, tanto por hacer. Ahora que la muerte es infranqueable, que la bala está a momentos de penetrar el cráneo, no me queda más que tratar de contabilizar este último momento, pero es incuantificable. Si acaso, en éste justo momento, todo lo que existe dejará de existir para mí, no podría entender esto sino como un gran 0, un enorme y fatídico final, 0. Y, una vez que esté en ese otro lado, en el lugar después, ¿podre cuantificar lo que encuentre ahí?, ¿sumar y dividir los momentos para estar seguro de que estoy aprovechando a full esa otra vida? Al final de cuentas logro entender que el pasaje se resume a la división de la sumatoria de los momentos vividos, con ese último momento fatal. El resultado de la operación es bastante revelador.
lunes, 18 de enero de 2016
Castigado
Obligarme a escribir es como obligarte a que me escuches, es un acto despótico, es egoísta y ruin. Es como obligarte a que te quedes, que lo superes y aguantes un poco más, es como obligarme a que te deje, que me resigne a perderte y te olvide. Es sufrirnos. Obligarme a escribirte es como obligarte a que me entiendas, es un acto despótico, es egoísta y ruin. Y debería ser castigado, si castigado, de la manera más cruenta, por obligarme a escribir, por obligarme a escribirte debería ser castigado, yo, sentenciado al sufrimiento, a escribirte, a no detenerme ahora.