Esto va más que nada para los que hoy (14 de febrero, San Valentín) o este año o todo el año pasado o el tiempo que sea, están solos. Gente, es el día de los enamorados. Enamorados de una mujer, de una profesión, de un hijo. No se trata de estar de novio o estar con alguien para poder festejar esta fecha. Si alguna vez sentiste amor, sentiste que dabas amor y sabes que fue así, porque así lo admitís, entonces es tu día. Y es mi día también, porque una vez me animé a amar, a entregar todo de mí a esa única persona, a confiar mi bienestar solo a ella. Fui un enamorado alguna vez, alguna vez volveré a serlo. Y aunque no lo festeje, aunque para mi sea otro día más del año, sé que también es mi día. Feliz día de los enamorados para mí.
lunes, 14 de febrero de 2011
Bloggear hace bien
Qué bueno esta eso de mostrar cuales son los blogs que seguís (creo que voy a dejar un lugarcito en el mío para mostrar cuales son los que sigo yo). Boludeando en el blog de un amigo del café literario empecé a mirar los blogs que él sigue. La mayoría son blogs personales pero con entradas con cuentos o poesías, algunos con fotos muy colgadas que hacen pensar "¿de dónde mierda saco eso?". Me doy con la grata sorpresa de que los textos publicados en estos blogs son de gran calidad, muy imaginativos y prolijos (leí un par de cuentos que me dejaron con la boca abierta). Hay mucho talento en la comunidad bloguera y creo que blogger es una buena herramienta de difusión para estos artistas (me animo a decirles así aunque no se bien que es el arte). Te divertís, conoces otros estilos de escrituras, aprendes sobre una variedad de temáticas y como cada uno las trata. Muy recomendado leer (al menos una entrada de vez en cuando) el blog de cualquiera que se anime, no a difamar con esta herramienta, sino a crear. Afirmo de nuevo como en el título BLOGGEAR HACE BIEN.
sábado, 12 de febrero de 2011
sobre Camino Solo
Terminé este relato hoy mismo. Esta cargado de melancolía y buenos recuerdos. Una forma de jugar con mi propio ánimo. Lo bueno de escribir sobre uno mismo es la liberación que se siente poder expresar algo latente que al mismo tiempo entretenga, que genere reflexión o sentimentalismos. Los lectores que me conocen sepan que estoy más que bien y me permito jugar con mi propio pasado en un texto de ficción.
Camino Solo
Entonces salgo de casa para hacer el camino de siempre, camino que hacía mucho tiempo no transitaba. Salgo de casa para buscarte donde siempre, donde me acostumbre a encontrarte. Son algunas cuadras de recuerdos que debo caminar una vez más después de tanto tiempo, sabiendo que será la última, ¿por qué?
Salgo de casa y ando por la vereda de mi barrio, de mi querida avenida que tantos años me voy ir y venir. Llego hasta la parada donde solía esperar el 7 para ir a la escuela primaria, de eso hace ya tanto tiempo, donde una amiga partía hacia su casa cuando venía a verme los domingos, después de acompañarla a ella iba a verte a vos. La parada es la misma pero el colectivo ahora hace un recorrido distinto, las cosas cambian y nos adaptamos a eso siempre que podemos. Desde el cambio puedo tomar el mismo colectivo en otra esquina, más cerca de mi casa, así que no tengo que recordarte cuando decido viajar en el 7. Es un alivio.
Doblo en la esquina de la parada, aquí a la vuelta vive un buen amigo, ese que saludábamos siempre que veníamos de tu casa. Podría pasar por ahí, ver que está haciendo y quedarme a charlar un rato. Vos no vas a ir a ninguna parte, lo sé, aunque no con certeza. Pero no… mejor no, me da vergüenza. Él me vio en los peores momentos de nuestra separación y no se explica por qué volví a buscarte, como es que tarde tanto en superar lo que pasamos. Mi respuesta siempre es “tiempo al tiempo”. Eso me sobra ahora, camino solo así que puedo ir tan rápido o tan lento como quiera.
Sigue el viaje. Es inevitable recordar algo nuestro cuando transito estas cuadras, que podría decir que detesto, pero estaría mintiendo. No puedo odiarte por que te quise tanto como vos creo que me quisiste a mí. Las cosas se terminan y ya. Es un punto aparte que cuesta escribir a veces pero que debe hacerse. ¿Y por qué detestar estas calles?, que hoy camino para ir a verte, que caminé tantas veces en el pasado y lo seguiré haciendo. Compartimos este barrio y sus calles, eso no podemos evitarlo.
Estoy llegando a la esquina del pool, ese al que nunca fuimos y al que nunca iré. Siempre salude al dueño del lugar, que al parecer siempre está parado en la vereda, y lo saludo no solo por respeto sino por conveniencia también. No son tan lejanas las noches en que volvía caminando de tu casa a las 3 de la mañana. Si he de andar solo a esa hora es bueno hacerse conocer por las personas que habitan las calles tan tarde. Saludo al señor, no paso tanto tiempo, estoy seguro que me recuerda. Él también me saluda.
Siento un aire nostálgico en las dos cuadras que faltan hasta tu casa, el de andar por lugares tan comunes antes, que ahora solo son recuerdos acumulados en mi memoria y disparados por el paisaje. Así al ver el cartel aquel, que dice “trabajos por computadora”, recuerdo venir caminando con vos mientras lo colocaban ahí mismo. Eso no ha cambiado. Recuerdo hacer uno de esos chistes boludos que me salen a veces, y vos reírte y acotar algo gracioso también. Nos divertíamos con tan poco. Yo todavía soy capaz de hacerlo.
Ya estoy en la esquina, solo falta media cuadra. Miro de reojo en dirección a tu casa, por alguna razón quiero verte esperando mi llegada afuera. Es obvio que no vas a estar. Tenés una vida ahora y yo dejé de ser parte de ella hace mucho. Tenés cosas más importantes que hacer que esperar la llegada de un viejo amor, que solo viene por un par de cosas que quedaron en tu casa. Toco el timbre y alguien me atiende, no importa quien, me reconoce y te llama. No vengo a verte, que no se mal entienda. Solo vengo a buscar un papel escrito que te di, unas fotos mías viejas y tal vez otro lindo recuerdo que quedó guardado en mi memoria. Un recuerdo que necesita dispararse con tu presencia, con ver tu rostro de nuevo. O tal vez sea esta casa en este barrio. Olvide muchas cosas que no quería olvidar. Puede que extrañé recorrer este camino hasta tu casa como lo hacía antes, casi todos los días. Puede que extrañé verte salir desde lo lejos y recorrer ese pasillo hasta la puerta. Puede que extrañé verte. Las viejas costumbres son difíciles de olvidar, como las malas mañas. Es solo melancolía.
Está hecho, no hay nada más que hablar. Vuelvo a mi casa pero esta vez tomo una dirección distinta. Un nuevo camino que va a llenarme de nuevos recuerdos felices. Solo miro hacia adelante ahora. No conozco este sendero, puede estar cargado de piedras con qué tropezar.
viernes, 11 de febrero de 2011
sobre La casa de mis padres
Este es un texto hecho a pedido. En mi búsqueda de aprendizaje, respecto a este pasatiempo que tanto disfruto (escribir), alguna vez me anote en un taller de escritura dictado por un profe de la tecnológica (el profe Gonzales de Ingeniería y Sociedad). Tenía que hacer un texto por semana para llevar y así marcar la evolución de lo que escribía. Aunque muchos no lo crean escribir a pedido es muy difícil (aun cuando sea libre tema). Hacia lo mejor que podía pero siempre tenía algunos errores que corregir (cosa que me parecía excelente, de los errores se aprende). Este cuento en particular me gusta porque es sencillo y fácil de leer, y porque le saco un "ah estaba... " (se sorprendió con el remate) a mi profe rígido y muy exigente.
La casa de mis padres
Llego temprano esa tarde a la casa de mis padres. El sol no calienta lo suficiente a esa hora como para que la respiración no se convierta en vapor tibio saliendo de la boca de mis vecinos. Solo sus rostros están al descubierto, como los rostros de los conocidos en la avenida, todos bien abrigados por el frío clima.
Decido caminar por el cordón de la calle como cuando era un niño. Hacer equilibrio así solía divertirme mucho. Quienes me recuerdan sabrán que siempre fui muy solitario en mí andar por el barrio. Sin amigos ni compañeros de la escuela cerca, sin hermanos o primos que me visiten. Solo éramos yo y el cordón alto de la vereda que llegaba hasta el final de la calle. Era un verdadero desafío.
También estaba la plaza a la vuelta de la esquina, frente al taller de autos. Recuerdo que solía caminar, o a veces correr, por el cordón hasta la esquina. Cruzaba la calle sin mirar y en el kiosco de enfrente compraba chicles de menta. Los saboreaba de a tres o cuatro a la vez. Hacía globos del tamaño de mi mano, pequeña como la de cualquier niño, que explotaban pegándose en toda mi cara. No recomiendo hacer esto en invierno.
Siempre me quedaba algunas horas sentado bajo la palmera que estaba junto al kiosco. Me divertía viendo llegar e irse autos del taller. Los sonidos y explosiones que escuchaba a veces me causaban mucha gracia. Conocía por entonces de modelos y de marcas. El que dice “esas cosas no se olvidan” no me conoció bien.
Cuando me animaba cruzaba a conversar con el mecánico. Era un viejo y gordo señor sin mucha paciencia, que no demoraba mucho en mandarme a mi casa o a ver a mis padres. Tanto él como la mayoría en el barrio nunca supo bien lo que paso. Si la falta de tacto del mecánico me disgustaba, antes de cantarle sus verdades de viejo y de gordo, tomaba rumbo hacia los videos.
No es mi costumbre alabarme, siempre me consideré un niño humilde, pero en esto era bueno, jugando a los videos en verdad era muy bueno. Tengo que confesar que no estaba solo siempre, aquí compartía, al menos una hora o un poco más, con otros niños de mi edad, con los que hacíamos combates para ver quien se ganaba quedarse jugando en la maquinita. Todo estaba bien hasta que no tenías más fichas ni plata, podías quedarte solo a mirar pero era un poco aburrido si no se podía jugar también. Lo mejor eran los combates, cada uno elegía el personaje que mejor manejaba y se enfrentaban. No era solo una pelea en el juego, el honor de esos niños se medía en cada contienda. Aquí me divertía mucho. Conocía el nombre de varios de estos chicos aunque no creo que ellos el mío.
Finalmente la tarde se completaba con la renombrada plaza, justo al frente de los videos. Cuando me cansaba de ganar, humildad aparte, o de perder también, cruzaba a jugar en la hamaca o el tobogán, me colgaba como un mono de los pasamanos o solo corría en línea recta tratando de batir mi propio récord. Aquí también tenía compañía ocasional, pero era menos frecuente que en los videos. Era casi de noche cuando volvía a casa, por entonces el barrio era más seguro que ahora.
En casa siempre estaban mamá y papá esperando, no sé muy bien a quien, pero ahí estaban. Justo como ahora. No se confunda lector, ellos no murieron cuando yo era un niño, tampoco estaban enfermos o postrados a sus camas por algún problema extraño. Simplemente estaban ahí pero no para mí. Esto no es un misterio para nadie, y casi creo que los entiendo. Ocupados en sus trabajos, con sus amigos o entre ellos mismos. Solo soy un recuerdo triste en sus complicadas vidas, que no vale la pena traer más que en ocasiones especiales. No los culpo por esto. Pero lo que ellos no saben es que, en todos estos años sin vida, no he podido dejar de volver a la casa de mis padres.
lunes, 7 de febrero de 2011
Cuentos a leer
Me gustan los libros de cuentos (dicho así suena que es algo para niños. Los adultos también leemos cuentos), y me gustan porque sus historias breves, según cuanto le interesen a cada lector, son capaces de emocionarnos fácilmente. Pensando en que la vida es única y el tiempo lo más valioso (se entiende por qué no me gusta dormir siesta), que una lectura de 15 minutos de un cuento pueda despertarnos deliciosas sensaciones y emociones es algo para valorar. Todos conocemos esa sensación de que algo falta cuando nos encontramos con un final abierto. Y pasa que justo ese párrafo me describe a mí o a algo que me paso una vez. Todos nos metemos en la piel del héroe y queremos que salga airoso, o al revés, que el villano gane. Amo ese poema archiconocido, nunca leí un cuento igual a este, no puedo creer que alguien escriba algo así y más, mucho más. Son solo 15 minutos, de una vida llena de cuartos de hora, y te llenas de emociones y sensaciones, te llenas de vida ¿Cuánto tiempo te llevo leer esto? Hay tantos cuentos por leer.
viernes, 4 de febrero de 2011
sobre El carnicero
El cuento comenzó con la idea de un personaje que hacia cualquier cosa por dañar a las mujeres con las que estaba. Pensé en darle a su problema un grado de adicción y que además sea un jugador, un galante estratega que se entrena para seducir y conquistar futuras víctimas. Creo que la parte de la adicción esta solo para librarlo un poco de culpa. En el fondo no creo que haya gente mala, solo están enfermos o confundidos. Sacando un poco todo lo malo del personaje me hace acordar a un amigo, por todo eso de aprender como seducir y adaptarse a lo que las mujeres quieren para poder conquistarlas. Me hace pensar, por detalles y similitudes ínfimas entre el personaje y mi amigo, que la realidad y la ficción no están tan separadas.
El carnicero
La creación más preciada de Eduardo fue su mujer Ana. Estamos hablando de una verdadera obra de arte, un homenaje a la belleza y sensualidad del sexo femenino. Creada a partir de mujeres inteligentes y hermosas mutiladas y cercenadas por el propio Eduardo, víctimas por casualidad o causalidad, víctimas por haber cruzado el camino del hombre alguna vez.
La historia de estas mujeres es tan triste como su destino, aisladas de alegrías y esperanzas, carentes de un futuro próspero y feliz. Son víctimas de un enfermo, de un adicto confeso e incurable, que se las ingeniaba para lograr esa conexión mágica de un primer encuentro, de una conversación casual, para luego avanzar sobre ellas.
Eduardo las cautivaba, las desafiaba, las idolatraba, gastaba cada minuto de su día en imaginar y concretar una nueva manera de enamorarlas. Era un hombre inteligente, respetuoso, humilde, amable, un fotógrafo, un artista, era un buen partido para cualquier mujer en cualquier lugar que se encuentre. Pero era un adicto.
Eduardo vivía para sus conquistas, en su papel de semental jugaba sus cartas de a una y con estrategia. Cada nueva amante era un desafío diferente, entender cuáles son las costumbres que tiene, sus ideas y sus metas, adaptarse a su ritmo de vida, aprender a convivir junto a ella compartiendo sus tiempos con los propios. Cuando la relación prosperaba y la pareja pasaba del noviazgo a la convivencia, Eduardo centraba su atención en rellenar cada recoveco, cada lugar vacío o insatisfecho de su mujer actual. El hombre era un estratega y como tal sabía las palabras justas para cada momento, y podía ser un confidente, un amigo, un compañero en sus actividades, un buen amante. La debilidad innata que todos tenemos, ese talón de Aquiles, propio de cada una de ellas, era el punto de partida al declive de su existencia. Así Eduardo conseguía llegar al lugar exacto, al momento justo de la relación, en que su pareja sentía esa necesidad latente de complacerlo, de estar de acuerdo con él en todo lo que dijese, de aceptar cada pedido suyo como una orden, de no faltar a sus reglas y condiciones, de velar todo el tiempo por su bienestar.
Era entonces que Eduardo, ya en su lugar de placer, en su propio paraíso de sentimientos y sensaciones, consumía cada gota y cada fragmento de vida de su mujer actual. Y era un adicto. Provocaba disputas por el placer de tener la razón de lo que se discutía, incitaba a rompimientos sólo para escuchar suplicas y llantos, acusador celaba y desconfiaba para conseguir el placer de la entrega absoluta, de la sumisión total de su pareja. Sólo así conseguía llenar esa profunda necesidad, esa dañina adicción y oscuro deseo que lo desbordaba.
Y las parejas de Eduardo sucumbían con el tiempo, por el desgaste o la desesperación, por la desesperanza, en un abismo profundo y sin salida. En un deplorable estado su cuerpo y su mente se atrofiaban hasta caer en la paranoia y la agonía de un dolor físico punzante y sin motivos, la decadencia del ser en su máxima expresión, cuerpo, mente y alma, todo se perdía. Y ellas ya nada podían hacer, y Eduardo ya nada podía hacer con ellas, entonces se marchaba.
Pero pronto Eduardo se vio exhausto, lo años y los vicios lo convirtieron es un viejo moribundo y pobre, un ser grotesco. Todas las mujeres que pasaron por su lado alguna vez ya no estaban, todo el encanto juvenil que antes lo ayudaba a saciar su deseo, a calmar su adicción, se había desgastado con cada una de sus mujeres. Ahora estaba solo. Ahora era feo. Pasaba los últimos días de su vida enfermo, mirando al sol ponerse a la distancia sin saber si despertaría a la mañana siguiente. Muy orgulloso como para llorar, blasfemaba frases al viento maldiciendo a toda la existencia, era incoherente y senil. Detestaba pensar que la vida le devolvía el golpe, ese que por tantos años él le había propinado a cada una de sus mujeres, y entonces su sufrimiento no era casual. Cuando el pavor del silencio en la noche lo superaba se imaginaba asestando estocadas, con un viejo cuchillo de carnicero, a cada mujer que cruzó por su camino. Y las recordaba a todas.
Un día de invierno Ana apareció en la vida de Eduardo, y ella fue su más grande creación. Hecha de partes de mujeres del pasado bohemio de Eduardo, que había coleccionado cuidadosamente en una caja de madera, Ana era perfecta. Tenía la sensualidad de Belén en todas sus expresiones, tenía la comprensión y paciencia de Emilse, de Silvina tenia los pechos redondos y bien formados, de Natalia la cola firme y el pelo largo hasta la cintura, los ojos celestes de Romina, la tez blanca de Andrea y más, mucho más. Ana representaba todo lo que Eduardo quiso durante tantos años, y era sólo suya, porque él la creo.
Así pasó Eduardo los últimos tristes días de su vida, una vida que no siempre fue triste, pero sí muy vacía. Y así pasó Eduardo las últimas noches de su vida, desnudo frente a Ana, una mujer hecha de retazos de muchas otras, pegada en el espejo, con un cuchillo de carnicero en su mano derecha y la soledad en su mano izquierda calmando su adicción hasta acabar.
* del libro Ernesto Pérez Pascualino y sus cuentos de ciencia-ficción popular
Los buenos amigos odian
Los buenos amigos odian por vos. Es que a veces uno no puede hacerlo, por más que lo quiera, por más que esa persona malvada, vil y cruel, lo merezca. O podría no ser una persona malvada, vil y cruel, solo un desencuentro amoroso, un errado incorregible o un inocente equivocado. Su identidad no es importante, el crimen que cometió hacia vos tal vez tampoco lo sea. Pero a veces hace falta esa terapia del odio. El poder putear y reputear aunque sea al aire. Descargar la bronca con un TE ODIO POR QUE SOS UN/A HIJO/A DE PUTA Y TE PODÉS IR BIEN A LA MIERDA VOS Y TUS… y así lo que salga de más adentro. Odiar, detestar, aborrecer, sacarse su recuerdo y el mal trago que te hizo pasar con un sentimiento tan transparente como el odio. Que va dirigido, que no distingue sexo o edad, que no pregunta el por qué, solo odia. Y que pasa cuando no podes, cuando es más lo bueno que lo malo, cuando parece que no se lo merece como todos piensan, cuando simplemente no sos así. Ahí están los amigos, fieles compañeros de la vida, odiadores por naturaleza. Ellos son capaces de ver el error del otro, de maximizarlo al grado de un crimen mortal, de reflexionar cuanto se merecen padecer el doble o el triple que vos, de ignorar tus propios errores con un “pero vos al menos no hiciste esto” o cosas así. Son de lo peor, por eso son buenos amigos. Gracias amigos por su odio tan útil, siempre que me necesiten voy a estar ahí para odiar por ustedes también.